Un mal comienzo Eduardo Sartelli
“la concepción materialista de la historia tiene muchos amigos Una forma curiosa de defender la honestidad intelectual En el mismo sentido en el que se queja Juan Iñigo Carrera en estas mismas páginas, el debate que pretende desarrollar Rolando Astarita ha comenzado mal. Aquello que comienza mal, se sabe, debe ser reencauzado rápidamente si se quiere que termine bien. Y empezó mal porque Rolo, en realidad, está debatiendo con un miembro del panel al que, curiosamente, no menciona nunca: Marcelo Ramal. Para poder hacerlo, ha debido caricaturizar las posiciones del Partido Obrero y, vaya a saber por qué razón, transformar a sus eventuales contendientes en los defensores de dicha caricatura. Habiendo realizado esa operación mental, Rolo cree estar librando una nueva batalla contra el “catastrofismo”, cuando en realidad se enfrenta (por lo menos en mi caso y para no “emblocar” a Juan en esta posición) a algo bien distinto. Como el PO y Juan pueden defenderse mejor por sí mismos, voy a ocuparme aquí sólo de lo que a mí atañe, comenzando por señalar que para reencauzar el debate, primero hay que hacer justicia a las posiciones ajenas; lo contrario es chicaneo barato. El eje del problema El eje de la discusión es la noción de crisis. En el modo de razonamiento de Rolo existe la falacia que yo denomino “presentismo”, a saber, la idea de que la crisis es un momento simple y no un periodo completo. En consecuencia, en la cabeza de Astarita, gigantescas crisis sistémicas surgen de la nada y se marchan rápido. Dicho de otra manera: Astarita no hubiera percibido la existencia de la crisis en 1928, pero la hubiera decretado en 1931, y la hubiera visto superada en 1933. Visto desde el ángulo falso del crecimiento del volumen físico de la producción, ángulo que privilegia para determinar la existencia o no de crisis, no habría habido razón alguna para que los capitales se enfrentaran a muerte seis años después, en la Segunda Guerra Mundial. Recordemos que un conocimiento prueba su valor cuando es capaz de “predecir”… Rolo cree que si el sistema crece, no puede estar en crisis. Es una concepción equivocada. Todo sistema sigue creciendo incluso después de su muerte. No es el crecimiento lo que constituye la prueba de la inexistencia de la crisis. Para que una situación tal haya sido superada, es necesario que las causas que la gestaron hayan sido superadas. Veamos la crisis del ’30. La “salud” de la economía norteamericana en la década de 1990 En medio del debate, Astarita hizo la apología de la “nueva economía”, señalando sus logros: un crecimiento de más del 40% del PBI y una tasa anual promedio del 3%. Veamos algunos datos de los ’90, década que todo el mundo reconoce como la de mejor performance en los últimos 30 años, de modo que nos servirá para juzgar, además, todo el período desde los ‘70. Voy a repetir textualmente lo que dije en el capítulo 10 de mi último libro, que vio la luz exactamente el mismo día del debate: “Harms y Knapp examinaron los indicadores económicos más usuales para el período 1991-2001. Comenzando con el crecimiento del PBI, una tasa de crecimiento anual de 3,01% para esos diez años, se ubica por debajo del 4% de las décadas de 1950 y 1960 (4%) e incluso de la de los ’70 (3,26%). Se encuentra por debajo, también, de la de los ’80 (3,02%). En términos de PBI, la “nueva economía” parece ser, más bien, la continuidad de la decadencia más que el inicio de una nueva era. En términos de crecimiento de la productividad, la nueva economía tiene poco para decir: el 1,81% de crecimiento anual está por encima del 1,38 de la década de los ’80, pero debajo del 1,94% de los ’70 y muy lejos de los ’60 y ’50 (2,84 y 2,80 respectivamente). Comparaciones en torno a salarios y a ingresos familiares dan resultados similares, con el agravante de que las compensaciones no salariales (seguro médico, jubilaciones, etc.) cayeron. Lo que sí se expandió notablemente fueron las deudas personales y familiares. También creció la jornada laboral: los yanquis trabajan 56 horas más que antes, ya que el promedio anual pasó de 1.905 a 1.961.” Como los autores describen, los ’90 pueden ser, en el mejor de los casos, la continuidad de la decadencia, más que el inicio de una nueva era. Su performance está por debajo no sólo de los años dorados, sino incluso de los de la década del ’70, años en los que hasta Astarita reconoce que hubo un crisis (bien que salió de la nada y se superó en un abrir y cerrar de ojos…). ¿El enfermo se ha curado, pero su dinámica resulta inferior incluso a la del momento en que estaba peor? La “nueva economía” no existió y esta afirmación no se limita a la debacle del Nasdaq, sino que afecta al conjunto de la economía americana. La curva de la tasa de ganancia Veamos de nuevo la curva de la tasa de ganancia, la misma que Astarita reputa como “la mejor” (pero que coincide bastante con la de otros analistas como Shaikh y Moseley), la curva Dumenil-Levy. En este caso, voy a utilizar un gráfico elaborado por ambos en el que se ofrecen tres curvas alternativas, todas referidas al sector corporativo no financiero de la economía norteamericana (excluyendo a las industrias de muy elevada composición orgánica de capital): la primera sólo mide el producto total menos los salarios sobre el capital fijo (la tasa de ganancia antes de impuestos sin inventarios); la segunda, incorpora al denominador los inventarios; la tercera, añade a la resta del producto total los impuestos. ¿Qué notamos? Que la curva “pelada”, la que excluye inventarios e impuestos (la más cercana a la que se expone en El Capital) muestra que la tasa actual está casi a la mitad del promedio de los ’50 y ’60 y apenas un 25% por arriba del punto más bajo de la curva, a fines de los ’70. Si tomamos la segunda alternativa, una medida más realista ya que incluye los inventarios, la cosa no mejora mucho. La tendencia se modifica fuertemente cuando se incluyen los impuestos, ya que la tasa de ganancia en el 2000 está virtualmente a la altura de los buenos años ’50, aunque, paradójicamente, sigue más cerca del punto más bajo de la crisis que del punto más alto de la expansión. Podemos, sobre esta base, seguir sosteniendo con tranquilidad que la economía mundial se encuentra más cerca de una acumulación dificultosa que de una expansión poderosa. Pero podemos profundizar un poco más: la década de los ’80 fue una década de grandes desgravaciones impositivas que no fueron revertidas por Clinton. Las desgravaciones impositivas tienen un efecto notable sobre la tasa de ganancia. Como señala el dúo francés, “La rebaja de impuestos tuvo un poderoso efecto contratendencial de cara a la caída de la tasa de ganancias. Este efecto favorable de la reducción de impuestos se nota claramente en la aguda subida de la tasa de ganancia después de impuestos durante la primera mitad de los ’60, ligada a los recortes impositivos. La tasa de ganancia después de impuestos se elevó un 71% de su valor entre 1961 y 1965, en contra del 27% para la tasa de ganancia antes de impuestos. Entre 1953 y 2000, la tasa de ganancia antes de impuestos cayó un 29%, mientras que la tasa de ganancia después de impuestos subió un 8% en el mismo período.” ¿Cómo se logra tal efecto contratendencial en los ’80 y ‘90? Por un lado, pagando la fuerza de trabajo por debajo de su valor; por el otro, mediante el incremento del déficit y de la deuda. De hecho, el primer fenómeno está en la base del endeudamiento creciente de las familias americanas, que deben afrontar ahora mayores gastos en salud, en vivienda, en jubilaciones, educación, etc. ¿Qué resultado arroja entonces este examen de la curva Dumenil-Levy? Uno muy sencillo: la tasa de ganancia, cuya recuperación es endeble, ha sido sostenida en estos últimos años por el déficit estatal y la deuda privada y pública.
¿En dónde estamos hoy? Es un tanto incómodo tener que volver a citarse, pero como el compañero Astarita parece que no lee Razón y Revolución, tendremos que hacerlo. Como lo dijimos hace ya casi once años: “En la actualidad, la pregunta acuciante es cuáles son las causas de la ausencia de un despegue nítido de la onda larga de ascenso, por qué la “curva capitalista” tiende hoy a moverse con pereza hacia arriba y qué condiciones dejará para el futuro la forma de resolución de esta crisis, si es que ello finalmente ocurre. Entonces, es hora de contestar en qué punto de la curva nos encontramos. Algunas interpretaciones creen poder percibir un movimiento de recuperación y expansión de largo plazo. Sin embargo, otros dudan seriamente de esta posibilidad.* La recuperación operada en los ‘80 sería, al decir de Altvater, “una recuperación malsana”.** No hay, al día de hoy, perspectivas del retorno a la expansión de largo plazo. Aunque algunos de los elementos necesarios para la superación de la onda depresiva están ya presentes, no necesariamente se encadenan de la manera correcta. La liquidación de capitales sobrantes es una realidad pero, ¿se trata de la magnitud adecuada? No parece: durante la Segunda Guerra Mundial se destruyó por completo el corazón mismo del capitalismo, a excepción de Estados Unidos: Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia, Japón. Y, aunque hoy puede observarse un encadenamiento destructivo en las economías del Tercer Mundo y de los países del Este europeo, no parece que pueda compararse en magnitud a lo sucedido hace 50 años. Los nuevos mercados abiertos con el fin de la guerra no parecen tener comparación con los actuales: ni el este europeo ni la ex-URSS, ni una América Latina pauperizada se pueden comparar con la renovación de la acumulación originaria producida en vastos sectores del Tercer Mundo en los años ‘50 y ‘60, en los que millones de campesinos migraron a las ciudades. A lo que se sumó el mercado creado por los países europeos desvastados por la guerra. Dudosamente la apertura de China pueda dar lugar a un movimiento semejante. La revolución tecnológica está presente al menos hace 15 años bajo la forma de la informática. Pero, ¿puede una computadora reemplazar a un automóvil? Mandel lo niega explícitamente. Además de que el nuevo patrón de consumo no está en consonancia con mercados masivos*** y el inmenso potencial de la nueva tecnología no ha entrado en funciones masivamente. Por último, ¿ha sido la clase obrera derrotada en una magnitud comparable a lo que significaron el nazismo, el fascismo, Hiroshima y Nagasaki? Ciertamente, los niveles de desocupación de algunos de los países centrales sorprenden, pero en ninguno de los 3 grandes, Estados Unidos, Alemania y Japón, la situación llega a los niveles de posguerra. Ni en Italia. Es cierto que este proceso avanzó mucho en la periferia europea (sobre todo en España y los países del Este) y el Tercer Mundo, pero no en el núcleo de la acumulación capitalista. El debilitamiento de los sindicatos no es un indicio firme de derrota: en Estados Unidos, los obreros de las nuevas fábricas “japonesas” ya reaccionan ante las novedosas condiciones de trabajo.**** Los obreros alemanes están todavía en mejor situación. En Japón, la desocupación casi no existe.” Dos años después, en 1997, señalé que: “A dos años de escrito, es lícito plantearse un balance de las ideas vertidas en el texto. En principio, las orientaciones de izquierda han seguido más o menos en sus planteos originales, con el agravante de que algunas, como el Partido Obrero, han pasado a suponer la existencia de una situación “pre-revolucionaria” amparándose en los sucesos más impactantes de los últimos dos años. El devenir de los acontecimientos parece habernos dado la razón en cuanto a la evolución de la economía: escrito en pleno auge del Plan Cavallo, suponíamos la posibilidad de una recaída en la crisis producto del carácter “malsano” de la recuperación producida por la política del ahora “opositor” y de la inestabilidad de la economía a nivel mundial. El “tequila”, simple manifestación de esa inestabilidad (y no su causa, como los propagandistas del capitalismo pretenden hacernos creer), impactó a la Argentina con más fuerza que a otros países por el carácter más vulnerable de su economía. Sin embargo, justo es reconocer que la estabilidad salió indemne de esa crisis y que, por lo tanto, aquellos elementos que suponíamos entonces se comenzaban a desarrollar aumentando la competitividad del capital local, se desenvolvieron con más fuerza de la que esperábamos: aunque el núcleo del problema sigue estando en el nivel inadecuado de las exportaciones, no se puede negar que el dinamismo de la economía argentina es mayor al esperado. A nivel internacional la situación parece caracterizarse ahora por un auge de la economía norteamericana que no es, sin embargo, acompañado claramente por el resto del mundo. Los problemas financieros en Japón y las dificultades del marco para imponerse (bajo la forma del “euro”) en Europa, muestran que esta puede ser otra “recuperación malsana” y que nuevas recaídas pueden hacerse presente (como temen los analistas con los “récords” en Wall Street). La situación dista de estar clara. Pero lo importante es que mientras la “curva” se niegue a ascender decididamente, no se abrirá ningún escenario “eufórico” para el capitalismo. Estos párrafos no sólo prueban nuestra oposición de vieja data al catastrofismo y al estancacionismo, (y al “derrotismo” estilo Astarita”) sino que también muestran un seguimiento de la crisis que no niega la evolución, sino que pretende establecer siempre el punto en el que nos encontramos. “Japón, otrora la nueva estrella de la economía mundial, es hoy uno de los países más endeudados de la tierra, vive una depresión permanente desde fines de los ’80 y, desde esa fecha, tiene con EE.UU. una relación perversa en la que la tendencia nipona a ahorrar mucho y consumir poco se combina con la costumbre opuesta de los yanquis, a consumir mucho y ahorrar poco. Japón también tuvo su burbuja bursátil, que se pinchó también en el 2001, dejando a medio mundo en la calle. Sin embargo, el problema no nació allí, obviamente, sino unos veinte años atrás, cuando la crisis mundial llegó a su mayor profundidad. Japón llegó tarde a la crisis, pero la extensión que asume la debacle en el país nipón no tiene igual en el mundo. El famoso empleo de por vida ha desaparecido y las cifras gubernamentales más realistas admiten una desocupación de al menos el 13% (unos 10 millones de desempleados). Los suicidios han subido exponencialmente, llegando a la impresionante cifra de cien por día. El total de préstamos no rentables del sistema bancario japonés casi duplica la deuda externa argentina (240.000 millones de dólares), aunque la cantidad total de préstamos impagos y empresas en quiebra llega a 700 mil millones, según estimaciones de la Reserva del Tesoro americano, 840.000 si el que mide es el FMI y a 1,8 billones (la mitad del PBI) según analistas privados. A comienzos de los ’90, los diez bancos más grandes del mundo eran todos japoneses, hoy quedan dos cerca del podio. El resto se fundió. La deuda del sector público es atroz: sólo para evitar que siga creciendo, Japón debería destinar el 10% del PBI en pagos de préstamos en intereses (más de 400 mil millones de dólares). Era el 50% del PBI en los ’90; hoy anda por el 200%. Si se pusiera toda la deuda pública en billetes de 10.000 yenes, la altura que alcanzaría sería equivalente a 8 montes Fují (la montaña más alta de Japón). El crecimiento (pobre) japonés de los ’90 se consiguió a deuda pura: mientras el PBI creció un 10%, la deuda alcanzó al 70% del PBI. Según los analistas, la crisis de la deuda pública japonesa es más grave que la de la República de Weimar.” No hay que olvidar a Europa. Alemania, que ha desplazado del tope de los exportadores mundiales a los EE:UU., tiene un déficit fiscal superior al 3% del PBI que marca el Tratado de Maastrich, tuvo una recesión en el 2004 y creció apenas un 1% en el 2005. Francia, la otra mitad del corazón de la economía europea, 1,4%. Y eso gracias a que sus empresas obtienen más ganancias en el extranjero que en el interior: el 75% de las ganancias de Renault provienen de Nissan y otras controladas. No resulta extraño que ahora constituyan la punta de lanza, sobre todo después de la asunción de Merkel, en la futura invasión a Irán. La revolución que se viene En contra del derrotismo profundo de los años noventa, en pleno auge del menemismo en Argentina, elaboré una fórmula para explicar por qué no había que desesperar: la clase obrera se encontraba en el momento de su mayor poder histórico material y, contradictoriamente, en el de su menor poder político. Efectivamente, la producción material de la vida descansa hoy absolutamente en manos de la clase obrera. Hace 70 años, hace 40 años, el campesinado era todavía una clase productora; el artesanado y las formas de pequeña producción mercantil, también. El grado de concentración y centralización del capital actual ha provocado una gigantesca proletarización masiva a escala mundial, cuyo ejemplo más impresionante es la propia China. Como decía en aquella época, hay más obreros hoy en Brasil que en Rusia en época de la revolución. Ese gigantesco avance se había logrado por el propio desarrollo de las fuerzas productivas, o lo que es lo mismo, es un efecto del propio desarrollo del capital. Restaurando el debate Quisiera aclarar que considero a Rolo un buen compañero que ha hecho aportes útiles al conocimiento necesario al proceso revolucionario (que incluso han sido publicados en esta misma revista o expuestos en eventos organizados por RyR). Pero este tipo de intervenciones empobrecen cualquier debate intelectual y rayan con la deshonestidad y la pedantería ridícula. Rolo ha pretendido siempre haber superado los “males” de la izquierda argentina, en particular el estilo “chicanero” y “sectario”. Lo acompaña en esa pretensión un pequeño grupo de “iluminados” que se creen a salvo de tales males por la vía de la inacción absoluta y la nulidad histórica. Desde ese punto enjuician a quienes han logrado construir tendencias reales en el seno de las masas y transformarse en factores de la vida política nacional. Astarita debiera explicar por qué sus permanentes “aciertos” no han resultado en un desarrollo sostenido de su Liga Marxista, hoy en disolución (no sin haber atravesado escándalos de espionajes informáticos al mejor estilo Maxwell Smart) mientras que los equivocados han crecido sustantivamente. Podríamos especular también acerca de por qué dentro de un ámbito pequeñoburgués universitario sus posiciones (como las de Claudio Katz) suelen ser populares. Tal vez encontraríamos que la negación de la crisis es una forma de procesar la renuncia a la acción, un modus vivendi que requiere de la ilusión de que nada ha pasado, está pasando y, por ende, pasará. Un aspecto parcial de la crisis, el ligado al mercado de trigo, puede verse en mi “Cuando Dios era argentino: La crisis del mercado triguero y la agricultura pampeana (1920-1950)”, en Universidad de Nacional de Rosario, Anuario, 1994. Tomada de Duménil, Gerard y Dominique Levy: “The Real and Financial Components of Profitability. USA, 1948-2000”, en el sitio web del CEPREMAP, www.cepremap.ens.fr/levy/ , octubre de 2002 Véase nuestro “La larga marcha de la izquierda argentina”, en Razón y Revolución, n° 3, invierno de 1997. Los autores involucrados en la cita son Mandel, Ernest: Las ondas largas del desarrollo capitalista, Siglo XXI, cap. 6; Durand, Maxime: “A dónde va la crisis?”, en Cuadernos del Sur, n° 14, oct. 1992; Albarracín, Jesús y Pedro Montes: “El capital en su laberinto”, en Cuadernos del Sur, n° 16, oct. 1993; Altvater, Elmar: “Una recuperación malsana”, en Cuadernos del Sur, n° 1, nov. 1984 y Downs, Peter: “Striking Against Overtime”, en Against the Current, ene-feb de 1995 Ibid… Nobleza obliga, estas palabras fueron escritas y publicadas estando yo dentro del Partido Obrero: nadie amenazó con expulsarme ni nada por el estilo. Recuerdo que poco antes de la devaluación Katz defendía la idea de que no se produciría tal cosa porque a la burguesía no le convenía. Recuerdo también que el miércoles 19 de diciembre de 2001, nuestro gremio, la AGD-UBA había convocado a paro, en medio del caos nacional en que se vivía. Teníamos ese día mesa de examen y yo, entonces secretario de Derechos Humanos de la AGD y Secretario General de AGD-FyL, tuve que convencer al titular de la cátedra (Katz) y a su JTP (Glavich) de que había que parar. Según ellos, “no pasaba nada”. Eso no le impidió a Katz, como a otros que luego formaron el EDI, transformarse en los analistas “serios” de hechos que negaron hasta el momento mismo en que se produjeron. Nobleza obliga, de nuevo, el libro de Jorge Altamira, El Argentinazo, una recopilación de artículos publicados entre 1995 y el 2001, adelanta con precisión notable el curso de los acontecimientos. |