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Debate sobre la crisis capitalista

Sartelli, Eduardo: Un mal comienzo. A propósito de la crítica de Rolando Astarita, en Razón y Revolución, Nº 15, 1er semestre de 2006.

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Un mal comienzo. A propósito de la crítica de Rolando Astarita

 por Eduardo Sartelli

“la concepción mate­rialista de la historia tiene muchos amigos peligrosos hoy en día, que la usan como una excusa para no estudiar historia”.

Federico Engels

 Una forma curiosa de defender la honestidad intelectual

 En el mismo sentido en el que se queja Juan Iñigo Carrera en estas mismas páginas, el debate que pretende desarrollar Rolando Astarita ha comenzado mal. Aquello que comienza mal, se sabe, debe ser reencauzado rápidamente si se quiere que termine bien. Y empezó mal porque Rolo, en realidad, está debatiendo con un miembro del panel al que, curiosamente, no menciona nunca: Marcelo Ramal. Para poder hacerlo, ha debido caricaturizar las posiciones del Partido Obrero y, vaya a saber por qué razón, transformar a sus eventuales contendientes en los defensores de dicha caricatura. Habiendo realizado esa operación mental, Rolo cree estar librando una nueva batalla contra el “catastrofismo”, cuando en realidad se enfrenta (por lo menos en mi caso y para no “emblocar” a Juan en esta posición) a algo bien distinto. Como el PO y Juan pueden defenderse mejor por sí mismos, voy a ocuparme aquí sólo de lo que a mí atañe, comenzando por señalar que para reencauzar el debate, primero hay que hacer justicia a las posiciones ajenas; lo contrario es chicaneo barato.

En efecto, mi posición nunca fue, ni en el debate ni antes, que el mundo estaba estancado desde por lo menos dos décadas atrás. Astarita confunde una afirmación mía, en un debate desordenado y a los gritos, con otra que toma de su propia cabeza: lo que yo sostuve es que la década de los ’90 en los EE.UU. dio la impresión de un crecimiento como nunca antes visto, mientras que cuando se examinan las ganancias de la Bolsa norteamericana antes y después de la crisis del 2001, lo que se observa es que esa “exhuberancia” era en su mayoría puro papel, y que se había volatilizado en apenas dos años. Dicho de otra manera, que la “nueva economía”, entendida como una década de crecimiento vigoroso nunca antes vista, no había existido y que buena parte de ella era, como dijo Greenspan en su momento y defienden economistas imposibles de acusar de “trotkistas” voluntaristas, como Paul Krugman y Joseph Stiglitz, resultado de la especulación alentada por la FED y asentada en un déficit de las cuentas públicas, del comercio exterior y del endeudamiento público y privado pocas veces visto. Y agregué que el fenómeno de la contabilidad “creativa” por el cual un número difícil de estimar de empresas de primer nivel denunciaron ganancias inexistentes, cuestionaba aún más esa perspectiva optimista de una economía norteamericana saludable. Cité en ese momento algunas pruebas al canto: entre septiembre de 1995 y junio de 2000, el quinquenio dorado de la “nueva economía”, las 4.200 empresas del Nasdaq, el corazón de la “nueva economía”, reportaron ganancias por 145.000 millones de dólares. Entre el primero de julio de 2000 y el 30 de junio de 2001, las pérdidas reconocidas por las mismas compañías llegaron a 148.000 millones de dólares. La “nueva economía” sencillamente no existió.

¿Eso significa que el conjunto de la economía norteamericana no creció durante los ‘90? En ningún momento dije que la economía norteamericana o la mundial estaban estancadas. Llevo ya una década combatiendo el estancacionismo y lo tengo escrito ya muchas veces (como se verá más adelante), para que alguien que me conoce (y con el que hemos charlado esto en más de una ocasión), me haga decir tal pavada y pretenda ilustrarme apelando a la autoridad de Marx y a un par de cifras elementales. Lo que sostengo es que el crecimiento de los ’90 (y el de los ’80 también, como mostraré más adelante) es endeble y refleja que el mundo no ha salido de la crisis en la que entró a comienzos de los ’70.

El segundo punto importante para colocar el debate en un rumbo productivo es abandonar las apelaciones religiosas y las lecciones elementales a lo maestro ciruela y avanzar en la comprensión de lo real tal como se presenta. Rolo prefiere olvidar, en su crítica, las barbaridades que dijo sobre la renta de la tierra en la Argentina, una prueba del desprecio sobre las cuestiones concretas de un marxismo tipo “curso de El Capital” tan caro a un conjunto de “marxistas” argentinos. En el mismo sentido, también hay que abandonar el método de “cuenta ejemplo” tan parecido a las robinsonadas que criticaba Marx: supongamos que tenemos 1.000$, etc., etc. No se puede reemplazar el análisis de la realidad con presupuestos matemáticos amparados en citas canónicas. Hay que observar el movimiento real de lo real. De lo contrario, se entra en esa cofradía de la que llamaba Engels a desconfiar en la frase que cito en el epígrafe.

 El eje del problema

 El eje de la discusión es la noción de crisis. En el modo de razonamiento de Rolo existe la falacia que yo denomino “presentismo”, a saber, la idea de que la crisis es un momento simple y no un periodo completo. En consecuencia, en la cabeza de Astarita, gigantescas crisis sistémicas surgen de la nada y se marchan rápido. Dicho de otra manera: Astarita no hubiera percibido la existencia de la crisis en 1928, pero la hubiera decretado en 1931, y la hubiera visto superada en 1933. Visto desde el ángulo falso del crecimiento del volumen físico de la producción, ángulo que privilegia para determinar la existencia o no de crisis, no habría habido razón alguna para que los capitales se enfrentaran a muerte seis años después, en la Segunda Guerra Mundial. Recordemos que un conocimiento prueba su valor cuando es capaz de “predecir”… Rolo cree que si el sistema crece, no puede estar en crisis. Es una concepción equivocada. Todo sistema sigue creciendo incluso después de su muerte. No es el crecimiento lo que constituye la prueba de la inexistencia de la crisis. Para que una situación tal haya sido superada, es necesario que las causas que la gestaron hayan sido superadas. Veamos la crisis del ’30.

En términos generales, la crisis ya está presente a comienzos de la década del ’10 y su primer desenlace es la Primera Guerra Mundial.[i] La gigantesca destrucción de capital sobrante que supuso, permitió la recomposición del capitalismo en la década del ’20. Faltaba, sin embargo, el aplastamiento de la clase obrera, es decir, el nazismo y el fascismo y la derrota definitiva de los postulantes al dominio mundial, la Segunda Guerra. Recién allí, sobre la masacre de cien millones de personas y la destrucción del corazón del capitalismo mundial, se reinició una era de crecimiento vertiginoso. Veamos las cifras, tomadas de Angus Maddison (PBI de 16 países seleccionados). Ya en 1908 la economía mundial se contrae un 3,7% luego de 14 años de crecimiento continuo. Si bien se recupera en los años siguientes, recibe el inicio de la guerra con una caída del 6,2% y de los siguientes siete años, cuatro son abiertamente recesivos. Pero desde 1922 hasta 1929 inclusive, la tasa de crecimiento promedio alcanza casi el 4% (3,96), muy superior a la cifra mágica de 3% con la cual Astarita pretende probar que la crisis ha sido superada en la actualidad. Según sus criterios, el mundo que está a punto de hundirse en la peor crisis que se recuerde, no debe temer nada. Para peor, la economía mundial que entra en recesión cayendo un 5,4, 5,7 y 7,1 en 1930, 1931 y 1932, habría salido de la crisis ya en 1933, cuando el crecimiento alcanzó el 1,2, seguido por 6,2, 5,8 y 7,7 en 1933, 1934 y 1935. Nótese que para este último año, la economía mundial debe encontrarse bastante por encima de 1929.[ii] Desde la perspectiva de Rolo, el mundo no estuvo en crisis entre 1933 y 1944, porque la tasa de crecimiento de esos años, salvo 1933,1938, 1940 y 1944, estuvo muy por encima del 5%. Vale destacar que en esos cuatro años “flojos”, el crecimiento siempre fue mayor al 1% (1,2; 2,1; 1,8 y 2,4 respectivamente). En los años en los que el mundo avanzado observó la mayor destrucción de capital de su historia junto con las tasas de explotación más salvajes jamás imaginadas (como las que regían en los campos de concentración), no había crisis. ¿Pero qué son esos fenómenos sino las formas de aparición y de procesamiento de la crisis? El enfermo que ha logrado frenar la destrucción de su organismo, logra alimentarse mejor y elevar sus parámetros vitales pero que todavía sufre los efectos de la cura en proceso, ¿está ya sano? Astarita confunde el momento del estallido con el proceso real de la crisis. Un médico que se pretenda serio no da el alta al paciente hasta que las causas de la enfermedad han sido eliminadas. Esa es la discusión entonces: no si el paciente está muerto o no ha logrado salir del paroxismo inicial, sino si ya goza de buena salud. Si no es así, si todavía no puede decirse que la crisis esté superada, entonces el problema pasa a ser otro: ¿hacia dónde va el proceso de curación?

Efectivamente, el debate no es si el mundo está en crisis hoy, 15 de febrero de 2006, sino cuál es el carácter de la etapa histórica que atravesamos. Es decir, ¿hacia dónde vamos, hacia una acumulación sostenida y “rampante” o hacia una acumulación que no logra sostenerse con firmeza y requiere de dosis crecientes de intervenciones “externas” (que no excluyen, por cierto, mejoras en sus mecanismos internos)? Como bien dice el propio Astarita, una situación del segundo tipo no puede sostenerse por mucho tiempo y debe desembocar en una caída abrupta de todas las variables del sistema. Está claro que si esta es la perspectiva, debemos prepararnos para la revolución. Si la perspectiva es la otra, resultará difícil que llegue como parte del proceso de descomposición de relaciones sociales que acompaña a toda crisis. En el mejor de los casos, desembocará en ella como “golpe de mano”, al estilo revolución cubana.

Lo primero que hay que hacer, entonces, es definir el concepto de “crisis”. Y el primer punto a aclarar es de qué crisis hablamos: ¿de la crisis de un ciclo corto, que se resuelve en breve en el marco de una tendencia más general? ¿O de una crisis general de las relaciones capitalistas? Astarita pareciera aludir a lo primero, cuando reconoce que hubo crisis localizadas, pero que el mundo no ha estado en crisis durante las últimas dos décadas. En realidad, si el mundo no ha estado en crisis durante las últimas dos décadas, no lo ha estado durante las últimas 6, porque todos reconocen que entre la Segunda Guerra Mundial y los ’70 se vivió una expansión notable. En ese contexto, la crisis de los años ’70 debiera verse no como una crisis general al estilo de la de 1930, sino como el trastabillar momentáneo de una economía sana en rasgos generales. Tal vez un poco menos dinámica pero nada para preocuparse. De modo que, según Astarita, desde al menos los años ‘30 el mundo sólo vive crisis parciales y la única crisis orgánica del modo de producción capitalista se produjo en el breve periodo que va de 1929 a 1932. Precisamente, allí está el nudo de la cuestión: para Astarita no ha habido en los últimos 60 años ninguna crisis general de las relaciones capitalistas, es decir, ninguna crisis orgánica.

Una crisis orgánica, dice Gramsci, es un momento en el cual lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. La crisis no es un estallido puntual, sino un período durante el cual luchan tendencias opuestas sin que ninguna pueda prevalecer. Ese estado de indefinición es extremadamente dinámico: todo el tiempo hay datos a favor o en contra de una u otra de las tendencias. Lo que es claro es que el organismo no está sano: la salud presupone que una de las tendencias, la que impulsa la vida, domina claramente a la otra. Tampoco estamos en la descomposición definitiva, porque eso significaría, otra vez, que una de las tendencias aplasta a la otra, la que empuja hacia la muerte del organismo. Pero cuando el organismo no está sano, está en crisis, existen tendencias hacia la recomposición y hacia la descomposición. Astarita dice que la economía mundial goza de buena salud. El presentismo le sirve para cantar victoria cuando lo peor ya ha pasado. En el ínterin, basta con callarse la boca. O peor aún, decretar la crisis (que brota entonces de la nada) cuando ya la tenemos sobre las cabezas, un consejo bastante inútil: “un peine que te dan cuando te quedás pelado”, al decir de Ringo Bonavena.

La “salud” de la economía norteamericana en la década de  1990

En medio del debate, Astarita hizo la apología de la “nueva economía”, señalando sus logros: un crecimiento de más del 40% del PBI y una tasa anual promedio del 3%. Veamos algunos datos de los ’90, década que todo el mundo reconoce como la de mejor performance en los últimos 30 años, de modo que nos servirá para juzgar, además, todo el período desde los ‘70. Voy a repetir textualmente lo que dije en el capítulo 10 de mi último libro, que vio la luz exactamente el mismo día del debate:

 “Harms y Knapp examinaron los indicadores económicos más usuales para el período 1991-2001. Comenzando con el crecimiento del PBI, una tasa de crecimiento anual de 3,01% para esos diez años, se ubica por debajo del 4% de las décadas de 1950 y 1960 (4%) e incluso de la de los ’70 (3,26%). Se encuentra por debajo, también, de la de los ’80 (3,02%). En términos de PBI, la “nueva economía” parece ser, más bien, la continuidad de la decadencia más que el inicio de una nueva era. En términos de crecimiento de la productividad, la nueva economía tiene poco para decir: el 1,81% de crecimiento anual está por encima del 1,38 de la década de los ’80, pero debajo del 1,94% de los ’70 y muy lejos de los ’60 y ’50 (2,84 y 2,80 respectivamente). Comparaciones en torno a salarios y a ingresos familiares dan resultados similares, con el agravante de que las compensaciones no salariales (seguro médico, jubilaciones, etc.) cayeron. Lo que sí se expandió notablemente fueron las deudas personales y familiares. También creció la jornada laboral: los yanquis trabajan 56 horas más que antes, ya que el promedio anual pasó de 1.905 a 1.961.” [iii]

Como los autores describen, los ’90 pueden ser, en el mejor de los casos, la continuidad de la decadencia, más que el inicio de una nueva era. Su performance está por debajo no sólo de los años dorados, sino incluso de los de la década del ’70, años en los que hasta Astarita reconoce que hubo un crisis (bien que salió de la nada y se superó en un abrir y cerrar de ojos…). ¿El enfermo se ha curado, pero su dinámica resulta inferior incluso a la del momento en que estaba peor? La “nueva economía” no existió y esta afirmación no se limita a la debacle del Nasdaq, sino que afecta al conjunto de la economía americana.

 La curva de la tasa de ganancia

 Veamos de nuevo la curva de la tasa de ganancia, la misma que Astarita reputa como “la mejor” (pero que coincide bastante con la de otros analistas como Shaikh y Moseley), la curva Dumenil-Levy. [iv] En este caso, voy a utilizar un gráfico elaborado por ambos en el que se ofrecen tres curvas alternativas, todas referidas al sector corporativo no financiero de la economía norteamericana (excluyendo a las industrias de muy elevada composición orgánica de capital): la primera sólo mide el producto total menos los salarios sobre el capital fijo (la tasa de ganancia antes de impuestos sin inventarios); la segunda, incorpora al denominador los inventarios; la tercera, añade a la resta del producto total los impuestos. ¿Qué notamos? Que la curva “pelada”, la que excluye inventarios e impuestos (la más cercana a la que se expone en El Capital) muestra que la tasa actual está casi a la mitad del promedio de los ’50 y ’60 y apenas un 25% por arriba del punto más bajo de la curva, a fines de los ’70. Si tomamos la segunda alternativa, una medida más realista ya que incluye los inventarios, la cosa no mejora mucho. La tendencia se modifica fuertemente cuando se incluyen los impuestos, ya que la tasa de ganancia en el 2000 está virtualmente a la altura de los buenos años ’50, aunque, paradójicamente, sigue más cerca del punto más bajo de la crisis que del punto más alto de la expansión. Podemos, sobre esta base, seguir sosteniendo con tranquilidad que la economía mundial se encuentra más cerca de una acumulación dificultosa que de una expansión poderosa. Pero podemos profundizar un poco más: la década de los ’80 fue una década de grandes desgravaciones impositivas que no fueron revertidas por Clinton. Las desgravaciones impositivas tienen un efecto notable sobre la tasa de ganancia. Como señala el dúo francés,

 “La rebaja de impuestos tuvo un poderoso efecto contratendencial de cara a la caída de la tasa de ganancias. Este efecto favorable de la reducción de impuestos se nota claramente en la aguda subida de la tasa de ganancia después de impuestos durante la primera mitad de los ’60, ligada a los recortes impositivos. La tasa de ganancia después de impuestos se elevó un 71% de su valor entre 1961 y 1965, en contra del 27% para la tasa de ganancia antes de impuestos. Entre 1953 y 2000, la tasa de ganancia antes de impuestos cayó un 29%, mientras que la tasa de ganancia después de impuestos subió un 8% en el mismo período.”[v]

 ¿Cómo se logra tal efecto contratendencial en los ’80 y ‘90? Por un lado, pagando la fuerza de trabajo por debajo de su valor; por el otro, mediante el incremento del déficit y de la deuda. De hecho, el primer fenómeno está en la base del endeudamiento creciente de las familias americanas, que deben afrontar ahora mayores gastos en salud, en vivienda, en jubilaciones, educación, etc. ¿Qué resultado arroja entonces este examen de la curva Dumenil-Levy? Uno muy sencillo: la tasa de ganancia, cuya recuperación es endeble, ha sido sostenida en estos últimos años por el déficit estatal y la deuda privada y pública.


[i]Un aspecto parcial de la crisis, el ligado al mercado de trigo, puede verse en mi “Cuando Dios era argentino: La crisis del mercado triguero y la agricultura pampeana (1920-1950)”, en Universidad de Nacional de Rosario, Anuario, 1994.

[ii]Maddison, Angus: Las fases del desarrollo capitalista, FCE, México, 1986, p. 112, cuadro 4.7

[iii]La cajita infeliz, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2005, capítulo 10.

[iv]Tomada de Duménil, Gerard y Dominique Levy: “The Real and Financial Components of Profitability. USA, 1948-2000”, en el sitio web del CEPREMAP, www.cepremap.ens.fr/levy/ , octubre de 2002

[v]Ibid., p. 6. Traducción mía.

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