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por
Eduardo
Sartelli
“la concepción materialista de la historia tiene muchos
amigos
peligrosos hoy en día, que la usan como una excusa para no
estudiar historia”.
Federico Engels
Una
forma curiosa de defender la honestidad intelectual
En el mismo sentido en el que se queja Juan Iñigo Carrera
en estas mismas páginas, el debate que pretende
desarrollar Rolando Astarita ha comenzado mal. Aquello que
comienza mal, se sabe, debe ser reencauzado rápidamente si
se quiere que termine bien. Y empezó mal porque Rolo, en
realidad, está debatiendo con un miembro del panel al que,
curiosamente, no menciona nunca: Marcelo Ramal. Para poder
hacerlo, ha debido caricaturizar las posiciones del
Partido Obrero y, vaya a saber por qué razón, transformar
a sus eventuales contendientes en los defensores de dicha
caricatura. Habiendo realizado esa operación mental, Rolo
cree estar librando una nueva batalla contra el
“catastrofismo”, cuando en realidad se enfrenta (por lo
menos en mi caso y para no “emblocar” a Juan en esta
posición) a algo bien distinto. Como el PO y Juan pueden
defenderse mejor por sí mismos, voy a ocuparme aquí sólo
de lo que a mí atañe, comenzando por señalar que para
reencauzar el debate, primero hay que hacer justicia a las
posiciones ajenas; lo contrario es chicaneo barato.
En efecto, mi
posición nunca fue, ni en el debate ni antes, que el mundo
estaba estancado desde por lo menos dos décadas atrás.
Astarita confunde una afirmación mía, en un debate
desordenado y a los gritos, con otra que toma de su propia
cabeza: lo que yo sostuve es que la década de los ’90 en
los EE.UU. dio la impresión de un crecimiento como nunca
antes visto, mientras que cuando se examinan las ganancias
de la Bolsa norteamericana antes y después de la crisis
del 2001, lo que se observa es que esa “exhuberancia” era
en su mayoría puro papel, y que se había volatilizado en
apenas dos años. Dicho de otra manera, que la “nueva
economía”, entendida como una década de crecimiento
vigoroso nunca antes vista, no había existido y que buena
parte de ella era, como dijo Greenspan en su momento y
defienden economistas imposibles de acusar de “trotkistas”
voluntaristas, como Paul Krugman y Joseph Stiglitz,
resultado de la especulación alentada por la FED y
asentada en un déficit de las cuentas públicas, del
comercio exterior y del endeudamiento público y privado
pocas veces visto. Y agregué que el fenómeno de la
contabilidad “creativa” por el cual un número difícil de
estimar de empresas de primer nivel denunciaron ganancias
inexistentes, cuestionaba aún más esa perspectiva
optimista de una economía norteamericana saludable. Cité
en ese momento algunas pruebas al canto: entre
septiembre de 1995 y junio de 2000, el quinquenio dorado
de la “nueva economía”, las 4.200 empresas del Nasdaq, el
corazón de la “nueva economía”, reportaron ganancias por
145.000 millones de dólares. Entre el primero de julio de
2000 y el 30 de junio de 2001, las pérdidas reconocidas
por las mismas compañías llegaron a 148.000 millones de
dólares. La “nueva economía” sencillamente no existió.
¿Eso significa que el conjunto de la economía
norteamericana no creció durante los ‘90? En ningún
momento dije que la economía norteamericana o la mundial
estaban estancadas. Llevo ya una década combatiendo el
estancacionismo y lo tengo escrito ya muchas veces (como
se verá más adelante), para que alguien que me conoce (y
con el que hemos charlado esto en más de una ocasión), me
haga decir tal pavada y pretenda ilustrarme apelando a la
autoridad de Marx y a un par de cifras elementales. Lo que
sostengo es que el crecimiento de los ’90 (y el de los ’80
también, como mostraré más adelante) es endeble y refleja
que el mundo no ha salido de la crisis en la que entró a
comienzos de los ’70.
El segundo
punto importante para colocar el debate en un rumbo
productivo es abandonar las apelaciones religiosas y las
lecciones elementales a lo maestro ciruela y avanzar en la
comprensión de lo real tal como se presenta. Rolo prefiere
olvidar, en su crítica, las barbaridades que dijo sobre la
renta de la tierra en la Argentina, una prueba del
desprecio sobre las cuestiones concretas de un marxismo
tipo “curso de El Capital” tan caro a un conjunto
de “marxistas” argentinos.
En el mismo sentido, también
hay que abandonar el método de “cuenta ejemplo” tan
parecido a las robinsonadas que criticaba Marx: supongamos
que tenemos 1.000$, etc., etc. No se puede reemplazar el
análisis de la realidad con presupuestos matemáticos
amparados en citas canónicas. Hay que observar el
movimiento real de lo real. De lo contrario, se entra en
esa cofradía de la que llamaba Engels a desconfiar en la
frase que cito en el epígrafe.
El
eje del problema
El eje de la discusión es la noción de crisis. En el modo
de razonamiento de Rolo existe la falacia que yo denomino
“presentismo”, a saber, la idea de que la crisis es un
momento simple y no un periodo completo. En consecuencia,
en la cabeza de Astarita, gigantescas crisis sistémicas
surgen de la nada y se marchan rápido. Dicho de otra
manera: Astarita no hubiera percibido la existencia de la
crisis en 1928, pero la hubiera decretado en 1931, y la
hubiera visto superada en 1933. Visto desde el ángulo
falso del crecimiento del volumen físico de la producción,
ángulo que privilegia para determinar la existencia o no
de crisis, no habría habido razón alguna para que los
capitales se enfrentaran a muerte seis años después, en la
Segunda Guerra Mundial. Recordemos que un conocimiento
prueba su valor cuando es capaz de “predecir”… Rolo cree
que si el sistema crece, no puede estar en crisis. Es una
concepción equivocada. Todo sistema sigue creciendo
incluso después de su muerte. No es el crecimiento lo que
constituye la prueba de la inexistencia de la crisis. Para
que una situación tal haya sido superada, es necesario que
las causas que la gestaron hayan sido superadas. Veamos la
crisis del ’30.
En términos generales, la
crisis ya está presente a comienzos de la década del ’10 y
su primer desenlace es la Primera Guerra Mundial.[i]
La gigantesca destrucción de capital sobrante que supuso,
permitió la recomposición del capitalismo en la década del
’20. Faltaba, sin embargo, el aplastamiento de la clase
obrera, es decir, el nazismo y el fascismo y la derrota
definitiva de los postulantes al dominio mundial, la
Segunda Guerra. Recién allí, sobre la masacre de cien
millones de personas y la destrucción del corazón del
capitalismo mundial, se reinició una era de crecimiento
vertiginoso. Veamos las cifras, tomadas de Angus Maddison
(PBI de 16 países seleccionados). Ya en 1908 la economía
mundial se contrae un 3,7% luego de 14 años de crecimiento
continuo. Si bien se recupera en los años siguientes,
recibe el inicio de la guerra con una caída del 6,2% y de
los siguientes siete años, cuatro son abiertamente
recesivos. Pero desde 1922 hasta 1929 inclusive, la tasa
de crecimiento promedio alcanza casi el 4% (3,96), muy
superior a la cifra mágica de 3% con la cual Astarita
pretende probar que la crisis ha sido superada en la
actualidad. Según sus criterios, el mundo que está a punto
de hundirse en la peor crisis que se recuerde, no debe
temer nada. Para peor, la economía mundial que entra en
recesión cayendo un 5,4, 5,7 y 7,1 en 1930, 1931 y 1932,
habría salido de la crisis ya en 1933, cuando el
crecimiento alcanzó el 1,2, seguido por 6,2, 5,8 y 7,7 en
1933, 1934 y 1935. Nótese que para este último año, la
economía mundial debe encontrarse bastante por encima de
1929.[ii]
Desde la perspectiva de Rolo, el mundo no estuvo en crisis
entre 1933 y 1944, porque la tasa de crecimiento de esos
años, salvo 1933,1938, 1940 y 1944, estuvo muy por encima
del 5%. Vale destacar que en esos cuatro años “flojos”, el
crecimiento siempre fue mayor al 1% (1,2; 2,1; 1,8 y 2,4
respectivamente). En los años en los que el mundo avanzado
observó la mayor destrucción de capital de su historia
junto con las tasas de explotación más salvajes jamás
imaginadas (como las que regían en los campos de
concentración), no había crisis. ¿Pero qué son esos
fenómenos sino las formas de aparición y de procesamiento
de la crisis? El enfermo que ha logrado frenar la
destrucción de su organismo, logra alimentarse mejor y
elevar sus parámetros vitales pero que todavía sufre los
efectos de la cura en proceso, ¿está ya sano? Astarita
confunde el momento del estallido con el proceso real de
la crisis. Un médico que se pretenda serio no da el alta
al paciente hasta que las causas de la enfermedad
han sido eliminadas. Esa es la discusión entonces: no si
el paciente está muerto o no ha logrado salir del
paroxismo inicial, sino si ya goza de buena salud. Si no
es así, si todavía no puede decirse que la crisis esté
superada, entonces el problema pasa a ser otro: ¿hacia
dónde va el proceso de curación?
Efectivamente, el debate no es si el mundo está en crisis
hoy, 15 de febrero de 2006, sino cuál es el carácter de la
etapa histórica que atravesamos. Es decir, ¿hacia dónde
vamos, hacia una acumulación sostenida y “rampante” o
hacia una acumulación que no logra sostenerse con firmeza
y requiere de dosis crecientes de intervenciones
“externas” (que no excluyen, por cierto, mejoras en sus
mecanismos internos)? Como bien dice el propio Astarita,
una situación del segundo tipo no puede sostenerse por
mucho tiempo y debe desembocar en una caída abrupta de
todas las variables del sistema. Está claro que si esta es
la perspectiva, debemos prepararnos para la revolución. Si
la perspectiva es la otra, resultará difícil que llegue
como parte del proceso de descomposición de relaciones
sociales que acompaña a toda crisis. En el mejor de los
casos, desembocará en ella como “golpe de mano”, al estilo
revolución cubana.
Lo primero que hay que hacer, entonces, es definir el
concepto de “crisis”. Y el primer punto a aclarar es de
qué crisis hablamos: ¿de la crisis de un ciclo corto, que
se resuelve en breve en el marco de una tendencia más
general? ¿O de una crisis general de las relaciones
capitalistas? Astarita pareciera aludir a lo primero,
cuando reconoce que hubo crisis localizadas, pero que el
mundo no ha estado en crisis durante las últimas dos
décadas. En realidad, si el mundo no ha estado en crisis
durante las últimas dos décadas, no lo ha estado durante
las últimas 6, porque todos reconocen que entre la Segunda
Guerra Mundial y los ’70 se vivió una expansión notable.
En ese contexto, la crisis de los años ’70 debiera verse
no como una crisis general al estilo de la de 1930, sino
como el trastabillar momentáneo de una economía sana en
rasgos generales. Tal vez un poco menos dinámica pero nada
para preocuparse. De modo que, según Astarita, desde al
menos los años ‘30 el mundo sólo vive crisis parciales y
la única crisis orgánica del modo de producción
capitalista se produjo en el breve periodo que va de 1929
a 1932. Precisamente, allí está el nudo de la cuestión:
para Astarita no ha habido en los últimos 60 años ninguna
crisis general de las relaciones capitalistas, es decir,
ninguna crisis orgánica.
Una crisis orgánica, dice Gramsci, es un momento en el
cual lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de
nacer. La crisis no es un estallido puntual, sino un
período durante el cual luchan tendencias opuestas sin que
ninguna pueda prevalecer. Ese estado de indefinición es
extremadamente dinámico: todo el tiempo hay datos a favor
o en contra de una u otra de las tendencias. Lo que es
claro es que el organismo no está sano: la salud presupone
que una de las tendencias, la que impulsa la vida, domina
claramente a la otra. Tampoco estamos en la descomposición
definitiva, porque eso significaría, otra vez, que una de
las tendencias aplasta a la otra, la que empuja hacia la
muerte del organismo. Pero cuando el organismo no está
sano, está en crisis, existen tendencias hacia la
recomposición y hacia la descomposición. Astarita dice que
la economía mundial goza de buena salud. El presentismo le
sirve para cantar victoria cuando lo peor ya ha pasado. En
el ínterin, basta con callarse la boca. O peor aún,
decretar la crisis (que brota entonces de la nada) cuando
ya la tenemos sobre las cabezas, un consejo bastante
inútil: “un peine que te dan cuando te quedás pelado”, al
decir de Ringo Bonavena.
La
“salud” de la economía norteamericana en la década de
1990
En medio del debate, Astarita hizo la apología de la
“nueva economía”, señalando sus logros: un crecimiento de
más del 40% del PBI y una tasa anual promedio del 3%.
Veamos algunos datos de los ’90, década que todo el mundo
reconoce como la de mejor performance en los últimos 30
años, de modo que nos servirá para juzgar, además, todo el
período desde los ‘70. Voy a repetir textualmente lo que
dije en el capítulo 10 de mi último libro, que vio la luz
exactamente el mismo día del debate:
“Harms y
Knapp examinaron los indicadores económicos más usuales
para el período 1991-2001. Comenzando con el crecimiento
del PBI, una tasa de crecimiento anual de 3,01% para esos
diez años, se ubica por debajo del 4% de las décadas de
1950 y 1960 (4%) e incluso de la de los ’70 (3,26%). Se
encuentra por debajo, también, de la de los ’80 (3,02%).
En términos de PBI, la “nueva economía” parece ser, más
bien, la continuidad de la decadencia más que el inicio de
una nueva era. En términos de crecimiento de la
productividad, la nueva economía tiene poco para decir: el
1,81% de crecimiento anual está por encima del 1,38 de la
década de los ’80, pero debajo del 1,94% de los ’70 y muy
lejos de los ’60 y ’50 (2,84 y 2,80 respectivamente).
Comparaciones en torno a salarios y a ingresos familiares
dan resultados similares, con el agravante de que las
compensaciones no salariales (seguro médico, jubilaciones,
etc.) cayeron. Lo que sí se expandió notablemente fueron
las deudas personales y familiares. También creció la
jornada laboral: los yanquis trabajan 56 horas más que
antes, ya que el promedio anual pasó de 1.905 a 1.961.”
[iii]
Como los autores describen, los ’90 pueden ser, en el
mejor de los casos, la continuidad de la decadencia, más
que el inicio de una nueva era. Su performance está por
debajo no sólo de los años dorados, sino incluso de los de
la década del ’70, años en los que hasta Astarita reconoce
que hubo un crisis (bien que salió de la nada y se superó
en un abrir y cerrar de ojos…). ¿El enfermo se ha curado,
pero su dinámica resulta inferior incluso a la del momento
en que estaba peor? La “nueva economía” no existió y esta
afirmación no se limita a la debacle del Nasdaq, sino que
afecta al conjunto de la economía americana.
La
curva de la tasa de ganancia
Veamos de nuevo la curva de
la tasa de ganancia, la misma que Astarita reputa como “la
mejor” (pero que coincide bastante con la de otros
analistas como Shaikh y Moseley), la curva Dumenil-Levy.
[iv]
En este caso, voy a utilizar un gráfico elaborado por
ambos en el que se ofrecen tres curvas alternativas, todas
referidas al sector corporativo no financiero de la
economía norteamericana (excluyendo a las industrias de
muy elevada composición orgánica de capital): la primera
sólo mide el producto total menos los salarios sobre el
capital fijo (la tasa de ganancia antes de impuestos sin
inventarios); la segunda, incorpora al denominador los
inventarios; la tercera, añade a la resta del producto
total los impuestos. ¿Qué notamos? Que la curva “pelada”,
la que excluye inventarios e impuestos (la más cercana a
la que se expone en El Capital) muestra que la tasa
actual está casi a la mitad del promedio de los ’50 y ’60
y apenas un 25% por arriba del punto más bajo de la curva,
a fines de los ’70. Si tomamos la segunda alternativa, una
medida más realista ya que incluye los inventarios, la
cosa no mejora mucho. La tendencia se modifica fuertemente
cuando se incluyen los impuestos, ya que la tasa de
ganancia en el 2000 está virtualmente a la altura de los
buenos años ’50, aunque, paradójicamente, sigue más cerca
del punto más bajo de la crisis que del punto más alto de
la expansión. Podemos, sobre esta base, seguir sosteniendo
con tranquilidad que la economía mundial se encuentra más
cerca de una acumulación dificultosa que de una expansión
poderosa. Pero podemos profundizar un poco más: la década
de los ’80 fue una década de grandes desgravaciones
impositivas que no fueron revertidas por Clinton. Las
desgravaciones impositivas tienen un efecto notable sobre
la tasa de ganancia. Como señala el dúo francés,
“La rebaja de impuestos tuvo
un poderoso efecto contratendencial de cara a la caída de
la tasa de ganancias. Este efecto favorable de la
reducción de impuestos se nota claramente en la aguda
subida de la tasa de ganancia después de impuestos durante
la primera mitad de los ’60, ligada a los recortes
impositivos. La tasa de ganancia después de impuestos se
elevó un 71% de su valor entre 1961 y 1965, en contra del
27% para la tasa de ganancia antes de impuestos. Entre
1953 y 2000, la tasa de ganancia antes de impuestos cayó
un 29%, mientras que la tasa de ganancia después de
impuestos subió un 8% en el mismo período.”[v]
¿Cómo se logra tal efecto contratendencial en los ’80 y
‘90? Por un lado, pagando la fuerza de trabajo por debajo
de su valor; por el otro, mediante el incremento del
déficit y de la deuda. De hecho, el primer fenómeno está
en la base del endeudamiento creciente de las familias
americanas, que deben afrontar ahora mayores gastos en
salud, en vivienda, en jubilaciones, educación, etc. ¿Qué
resultado arroja entonces este examen de la curva Dumenil-Levy?
Uno muy sencillo: la tasa de ganancia, cuya recuperación
es endeble, ha sido sostenida en estos últimos años por el
déficit estatal y la deuda privada y pública.
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[i]Un
aspecto parcial de la crisis, el ligado al mercado de
trigo, puede verse en mi “Cuando Dios era argentino:
La crisis del mercado triguero y la agricultura
pampeana (1920-1950)”, en Universidad de Nacional de
Rosario, Anuario, 1994.
[ii]Maddison,
Angus: Las fases del desarrollo capitalista,
FCE, México, 1986, p. 112, cuadro 4.7
[iii]La
cajita infeliz,
Ediciones ryr, Buenos Aires, 2005, capítulo 10.
[iv]Tomada
de Duménil, Gerard y Dominique Levy: “The Real and
Financial Components of Profitability.
USA, 1948-2000”, en el sitio web del CEPREMAP,
www.cepremap.ens.fr/levy/ , octubre de 2002
[v]Ibid.,
p. 6. Traducción mía.
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