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Debate sobre la crisis capitalista

Iñigo Carrera, Juan: La superproducción general en la acumulación actual y la cuestión de la acción de la clase obrera como sujeto revolucionario, en Razón y Revolución, Nº 15, 1er semestre de 2006.

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La superproducción general en la acumulación actual y la cuestión de la la clase obrera como sujeto revolucionario

Por Juan Iñigo Carrera

Rolando Astarita pretende haber sintetizado mi posición en el debate ocurrido en las V Jornadas de Razón y Revolución, con un “el capitalismo está en una «crisis de sobreproducción permanente»”, que me atribuye literalmente. Esta es una manipulación caricaturesca de mis planteos. Durante el debate, Astarita respondió a mis desarrollos concretos sobre la acumulación de capital mediante reiteradas invocaciones a los “conceptos marxistas”, sobre los que, se diría, cree tener el monopolio. De modo opuesto, voy a insistir aquí en el curso señalado por Marx en cuanto a no partir de conceptos [i] y a avanzar reproduciendo lo concreto mediante el pensamiento.

 Determinaciones de la forma cíclica y las crisis

 En otra parte [ii] presenté las determinaciones específicas que dan a la acumulación de capital una forma necesariamente cíclica, donde la unidad entre este modo históricamente específico de organizarse el proceso de metabolismo social y el contenido material de éste aparece gradualmente rota al exterior y restablecida a través de crisis periódicas. Sintetizo aquí las dos determinaciones centrales para la cuestión actual, ambas inherentes a la producción de plusvalía relativa mediante la maquinaria.

En primer lugar, la tasa general de ganancia sube o baja según que la productividad del trabajo crezca más o menos que la composición orgánica del capital que la sostiene. Cuanto más desarrolla el capital dicha productividad sobre una base técnica dada, mayor tiende a ser el crecimiento relativo de su composición orgánica. En consecuencia, la tasa general de ganancia tiende a caer y, por lo tanto, a hacerse más lenta la acumulación, avanzándose hacia una crisis de superproducción general de capital imposibilitado de actuar como tal por su baja tasa de valorización. El propio avance hacia la crisis impone al capital social la necesidad de revolucionar su base técnica, engendrando una nueva que haga crecer a la productividad del trabajo por encima del crecimiento de la composición orgánica. Sube entonces la tasa de ganancia y se entra en una fase de acumulación acelerada sobre la nueva base técnica, hasta que ésta va agotando su potencialidad original y el movimiento relativo se va invirtiendo.

En segundo lugar, tenemos el modo en que el capital rige la evolución relativa de la escala de la producción social (inherente al desarrollo de la productividad del trabajo), y la de la necesidad social solvente por medios de vida y medios de producción. Todo capital individual necesita aumentar la productividad del trabajo de sus obreros y, en consecuencia, la escala de su producción material, como si la necesidad social solvente por su mercancía no presentara límite específico alguno. Al mismo tiempo, la producción de plusvalía relativa mediante la incorporación de la maquinaria implica el aumento del capital constante a expensas del variable. La necesidad social por medios de vida crece, pues, sujeta a este límite específico. La satisfacción de la necesidad del capital de expandir la generalidad de la producción social, toma forma concreta en este crecimiento específicamente limitado de la necesidad social por ella. Por lo tanto, así como la acumulación prospera mediante el aumento general de la productividad del trabajo, engendra la creciente separación entre la escala material de la producción y la del consumo sociales. Se va dificultando la realización de la plusvalía portada en los medios de vida destinados a los obreros y, de ahí, la portada en los medios de producción destinados a expandir la producción de dichos medios de vida. Así, hasta que la unidad se restablece en una crisis de superproducción general, y el movimiento recomienza. Notemos que se trata de una crisis de superproducción y no de subconsumo: en el modo de producción capitalista cada uno consume lo que su relación social general, el capital, le determina; lo cual llega a implicar cero para una porción creciente de la población obrera que el capital determina como sobrante para su acumulación.

Las dos determinaciones vistas dan a la acumulación de capital su forma cíclica general, con crisis periódicas de superproducción general que concentran al mismo tiempo la destrucción de fuerzas productivas sociales existentes y el engendrarse de otras nuevas más potentes aún. Esta modalidad contradictoria de realizarse la organización del proceso material de metabolismo social encierra fases de expansión acelerada del capital y fases de contracción (relativa, en general, ya que se trata en esencia de un proceso de acumulación) de distinta duración e intensidad, subsumiendo las mayores a las menores.

La acumulación de capital es mundial por su contenido, pero todavía toma forma de procesos nacionales. Como expresión del movimiento cíclico general, nos centramos aquí en el mayor de ellos, los Estados Unidos (USA).

El NBER registra un primer ciclo con duración media de 4,5 años para 1854-2001: el llamado business cycle. Existen múltiples cómputos de un segundo movimiento de mayor amplitud y duración, de alrededor de 10 años. Marx se refiere a él como el ciclo industrial. Por mi parte, he verificado su manifestación en los precios agrarios y generales expresados en oro [iii] . A este movimiento aparecen respondiendo de modo inmediato las crisis centradas en 1982, 1991 y 2001, que hacen al eje del debate.

Por sobre estos movimientos, existen grandes fases de aceleración y desaceleración de la acumulación, a las que corresponden las crisis de superproducción general que dejan hitos en el desarrollo capitalista. Kondratiev fue el primero en señalar su existencia, aunque no desarrolló su necesidad. Así y todo, remarcó claramente que estos movimientos son inherentes a la acumulación de capital, en contraposición con quienes, como Trotsky, los atribuían a la irrupción de factores externos a la acumulación misma. La cuestión central en discusión es: ¿en qué punto se encuentra la acumulación de capital respecto de las crisis de superproducción general propias de estos grandes movimientos?

 Evolución de la acumulación respecto de las crisis mayores

 Astarita toma como referencia el crecimiento del PBI a precios constantes. En su exposición, comparó favorablemente la tasa promedio del 3% anual del período 1980/2004 para los Estados Unidos, con la del 1% para Gran Bretaña durante la “revolución industrial”. Veamos. Cuando se computó retrospectivamente el producto del siglo XVIII, la tasa de alrededor del 1% anual pareció tan magra que hasta se cuestionó la existencia de la tal revolución. Es que, hoy día, los economistas consideran que una economía cuyo PBI a precios constantes crece menos del 3% anual, se encuentra estancada. Lo que Astarita mismo llama “la depresión japonesa de los noventa” encierra un crecimiento del 1% anual. Y Maddison, insospechable de catastrofismo, compara el “desempeño económico insatisfactorio” de los países de la OCDE en 1973-94, por su crecimiento del 2,5%, con “la edad de oro” de 1950-73 con su 4,4% de crecimiento anual [iv] . Hasta los economistas saben que el modo de producción capitalista va acelerando el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, el cual se refleja en el crecimiento acelerado del producto material.

Veamos, entonces, qué significa en el proceso histórico esta tasa del 3% que Astarita exhibe como prueba de las bases sólidas de la acumulación en los últimos 25 años:

La velocidad de crecimiento del producto ha caído cada vez más por debajo de su propia tendencia histórica durante dicho período. Contra el optimismo al 3% anual, se evidencia que la acumulación viene tropezando con una traba creciente para expandir su base material.

Por cierto, el PBI y el PBN a precios constantes reflejan la evolución del volumen físico ponderado de la producción, pero no la de la forma específica que presenta la riqueza social en el modo de producción capitalista, la de su forma de valor. No reflejan, pues, la evolución del valor producido, ni, por lo tanto, la determinación más simple de la acumulación de capital [v] . El crecimiento del producto material no es sinónimo de crecimiento de la masa de valor producida, que depende sólo del total de trabajo productivo aplicado por la sociedad, sea que éste se materialice en un número mayor o menor de unidades.

De hecho, el crecimiento desacelerado del volumen material del producto social resalta más aún al contrastarlo con el crecimiento acelerado de la productividad del trabajo. Esta misma relación caracteriza al engendrarse de la crisis del 30, mientras que se da la inversa a la salida de la misma y de la de 1890:

Tomemos, pues, el otro aspecto de la evolución del valor producido, esto es, el precio medio del producto social. Lo expresamos bajo la forma más simple del dinero, o sea, en oro:

La magnitud y oportunidad de las fluctuaciones trascienden la determinación de éstas por los cambios relativos en la productividad del trabajo que produce el conjunto de las mercancías y la del que produce el oro. En los períodos de auge, las mercancías tienden a venderse por sobre sus valores (concretamente, por sobre sus precios de producción), mientras que el avance manifiesto hacia la superproducción tiene el efecto contrario. La magnitud de la caída de los precios durante la década de 1980 hace evidente que la crisis centrada en 1982 trasciende el carácter meramente decenal, para corresponderse con la naturaleza de la del 30.

En efecto, si observamos la forma cíclica que toma la expresión de valor del PBN tenemos:

Las crisis mayores con caídas extremas de la expresión de valor del PBN en 1843 y 1896 (la de 1864 es particular de la guerra civil), estallan como contracciones relativas de la producción social en medio de una fase general expansiva. De ahí la caída limitada de los precios en que ellas se manifiestan, y el alcance limitado de la crisis misma. En cambio, la crisis que alcanza la máxima contracción en 1935, estalla en 1930 tras veinte años de manifestarse la creciente superproducción general a través de la desaceleración progresiva de la tasa de expansión de la producción social. Se trata de una superproducción general cuya crisis se pospuso en el tiempo. De ahí su intensidad sin precedentes.

En contraste, la crisis con caída máxima de la expresión de valor del PBN en 1980 viene de un período de expansión del producto material a velocidad media, pero abre uno de desaceleración progresiva. Y, si ésta aporta a la recuperación de los precios, muestra rápidamente su agotamiento en este sentido. La crisis decenal de 2001 los empuja nuevamente hacia abajo.

Surge entonces una pregunta central para la presente discusión: ¿por qué la crisis de superproducción general aguda de los 80 no ha implicado una transformación lo suficientemente radical del capital existente como para renovar el impulso de una fase expansiva y, más aún, para abrir una nueva fase expansiva, sino que, por el contrario, ha abierto una fase marcada por el freno creciente a la expansión de la producción social pese al aumento acelerado de la productividad del trabajo? Y, de aquí, ¿cuál de las dos determinaciones centrales de la tendencia a la superproducción general actúa en este sentido?

 Evolución de la tasa general de ganancia

 Empecemos por el aumento de la productividad del trabajo respecto del de la composición orgánica del capital. Recordemos la imposibilidad de medir la tasa de plusvalía y la composición orgánica del capital en sus expresiones concretas. La primera relación posible de establecer es entre la plusvalía neta de gastos de circulación y la suma de los salarios productivos e improductivos. Esta relación subestima la tasa de plusvalía, ya que su numerador tiene restada la plusvalía aplicada al pago de los gastos de circulación, y su denominador tiene sumada la parte de esos gastos en salarios. La segunda relación, es entre el valor del capital consumido en medios de producción y circulación, y el total de salarios productivos e improductivos pagados en el año. Esta relación no refleja inmediatamente la composición orgánica del capital, que sólo corresponde a la relación entre capital constante y valor de la fuerza de trabajo productiva. Tenemos entonces:

Con todas las salvedades hechas, las series que resultan de las estadísticas para los últimos 60 años no presentan evidencia de las tendencias inherentes a las determinaciones más simples de la acumulación basada en la producción de plusvalía relativa. En primer lugar, con la mediación del eventual efecto proveniente del movimiento relativo de los medios y del trabajo de circulación, la tendencia general al aumento de la composición orgánica se muestra ausente. Más llamativamente aún, con la mediación del eventual efecto originado en el movimiento relativo de los gastos de circulación (y en particular de los salarios de circulación) respecto del capital variable, la tendencia general al aumento de la tasa de plusvalía aparece revertida en la relación concreta entre plusvalía disponible y salarios totales.

La evolución de estas relaciones evidencia la complejidad que media entre el conocimiento de las determinaciones generales del modo de producción capitalista y el de sus formas concretas necesarias de realizarse, sobre las que debe operar la acción política de la clase obrera. Nuestro objetivo aquí nos permite seguir avanzando sobre ellas en cuanto se manifiestan en la determinación de la tasa de ganancia concreta del capital total de la sociedad:

La tasa concreta de ganancia está lejos de mostrar una tendencia sostenida a la baja proveniente de un aumento manifiesto en la composición orgánica no contrarrestado por un aumento manifiesto en la tasa de plusvalía. Por el contrario, se ha recuperado a partir de la crisis de 1982. De modo que no es en la primera determinación general que lleva recurrentemente al capital a la superproducción general, donde cabe buscar la barrera con que choca actualmente la expansión de la escala de la producción social [vi] .

 Evolución de la producción y el consumo sociales

  Enfoquemos sobre la segunda determinación general del avance hacia la superproducción general: la necesidad de expandir la producción material por encima del límite específico que determina la acumulación a la expansión de la necesidad solvente por medios de vida para los obreros. Esta determinación se pone crecientemente de manifiesto a partir de la crisis de los 80:

Podría pensarse que la brecha ha sido cerrada mediante la expansión acelerada de la acumulación, vía el aumento del capital constante fijo y los instrumentos para la circulación. Sin embargo, la inversión fija bruta no residencial experimenta una pequeña caída relativa. Pasa del 22,5% del PBI excluyendo vivienda en el promedio de los 70 y 80, al 21,1% en el promedio de la década del 90 y lo que va de la presente. En resumen, si la capacidad de consumo individual de los asalariados más la inversión bruta fija para la producción y la circulación representaban el 79,1% del PBI en el período 1971/1990, esta proporción se reduce al 76,4% para 1991/2004.

Sin duda, una parte de la diferencia ha ido a engrosar el consumo individual de los capitalistas y terratenientes (pero no el de sus cortesanos a sueldo, ya que la participación de éstos en la riqueza social se encuentra incluida en la masa salarial). Pero estamos hablando de la absorción de una masa de riqueza social de alrededor de 310 mil millones de dólares para 2004, o sea, casi el doble del PBI argentino.

 La expansión del capital ficticio

 Cuando un capitalista individual no puede realizar la plusvalía materializada en su producto porque no encuentra comprador solvente a quien venderle, se enfrenta al reconocimiento inmediato de la impotencia de su capital para actuar como tal. Pero tiene la opción de huir hacia adelante, vendiendo a crédito a compradores insolventes. Hecho lo cual, su capital parece haberse valorizado y puede reproducir su ciclo a condición de poder comprar a crédito. Desde el punto de vista del capital total de la sociedad, este movimiento no puede operar sobre el capital existente mismo, ya que le haría imposible reiniciar su ciclo. Tampoco puede avanzar sobre la plusvalía requerida para la marcha de la acumulación. Pero sí puede hacerlo sobre una porción de ésta que la propia existencia de la superproducción general, manifiesta en la falta de compradores solventes, muestra ser sobrante para la capacidad efectiva del capital social para acumularse. Y, con cada renovación del ciclo, una nueva porción de plusvalía carece de más curso para seguir que éste, en tanto la superproducción continúa expandiéndose sobre esta base misma.

Los títulos de crédito incobrables en que se encuentra formalizada la plusvalía aparentemente realizada, adquieren vida propia. Se cancelan a su vencimiento mediante nuevos títulos de crédito, que incluyen los intereses vencidos capitalizados. Lo cual renueva la ficción de capital que se valoriza. Y esta ficción se multiplica en la especulación. La masa de capital ficticio así formada adquiere una universalidad de movimiento que ya quisiera para sí el capital industrial. En cambio, éste no hace sino tropezar con su propia superproducción general. Se genera así la inversión seudocrítica de que la acumulación ha dejado de girar en torno al movimiento del capital industrial para ser dominada por la “valorización financiera” y que, de allí, brotan los limites con que tropieza crecientemente.

Veamos el desarrollo y la magnitud alcanzada por este movimiento:

Para que el producto material pudiera crecer al 3% durante los últimos 25 años, el endeudamiento tuvo que hacerlo al 5,5% real. Cada vez que la velocidad de este crecimiento relativo disminuye, sobreviene una crisis de superproducción cuya superación se sostiene en una nueva expansión acelerada del crédito, como en 1991 y 2001. Hoy, se requieren más de tres años de producto para cancelar el saldo total de deuda. Si esto es a lo que Astarita llama el “carácter coyuntural” del “overtrading” porque “los bancos empiezan a tomarle mal olor al asunto”, debería concluirse que los banqueros necesitan urgentes rinoscopias.

En un artículo anterior en Razón y Revolución me referí a una forma característica que tiene actualmente la absorción de la producción social basada en el endeudamiento aparentemente sin fondo: baja de impuestos en USA – aumento de las compras privadas a China – recaudación de parte de la plusvalía por el gobierno chino – colocación de ésta en la deuda pública norteamericana emitida para cubrir el déficit ocasionado por la baja de impuestos. Hasta los economistas saben del papel clave de este circuito cuando llaman a los Estados Unidos la “locomotora de la economía mundial”.

La expansión del consumo social basada en el desarrollo del capital ficticio no termina aquí. Los fondos jubilatorios de la clase obrera norteamericana están invertidos en acciones y otros títulos de renta futura, que constituyen la otra pata del capital ficticio. A partir de los 80, esta porción del capital ficticio ha experimentado una fuerte expansión, cuyo carácter puramente especulativo se refleja en la suba del precio de las acciones respecto de su rendimiento efectivo. Ante el aparente aumento de su fondo jubilatorio, el obrero cae en la apariencia de que ya no necesita acumular un ahorro personal adicional para cubrir sus necesidades futuras; al contrario, se cree en condiciones de consumir hoy a cuenta de sus fondos acumulados (igual papel juega el alza del precio de las viviendas, especulativamente empujado 51% por sobre los alquileres, de 1982 a 2005):

 Hoy día, el consumo de medios de vida absorbe la producción expandida gracias a exceder el ingreso personal disponible de quienes lo realizan. ¿Sobre qué base cree Astarita que se va a seguir expandiendo, para suponer que la acumulación de capital en Estados Unidos no camina por el filo de una situación crítica de superproducción general?

La expansión aparentemente autónoma del capital ficticio no es sino la forma concreta de organizarse el movimiento del capital efectivo portador del proceso material de metabolismo social. Por su medio, el capital efectivo tensa al extremo su necesidad inmanente de expandir la producción social como si ésta no tuviera un límite específico en el modo mismo en que su organización determina la expansión del consumo social. La unidad entre forma y contenido aparece crecientemente rota al exterior. Cada tanto, esta separación ha aflojado su tensión mediante crisis de alcance limitado. Tan limitado, que la superación de la crisis ha tenido en su base una nueva expansión relativa del capital ficticio. De modo que la apariencia de movimiento autónomo adquirido por la forma no hace sino poner de manifiesto que se avanza hacia un restablecimiento de la unidad al exterior, cada vez más violento cuanto más se posterga. Hasta Greenspan sabe de la “exuberancia irracional” alcanzada por el capital ficticio.

 


 


[i] Marx, Kart, Glosas marginales al “Tratado de economía política” de Adolph Wagner, Pasado y Presente 97, México, 1982, pp. 48 y 51.

[ii] Iñigo Carrera, Juan, El capital: razón histórica, sujeto revolucionario y conciencia, Ediciones Cooperativas, Buenos Aires, 2003, capítulo 6.

[iii] Iñigo Carrera, Juan y Sergio Levín, “Análisis y proyección de tendencias y patrones cíclicos de precios agrarios rele­vantes para la formulación de estrategias y políticas de desarrollo nacional”, SAGyP, 1988.

[iv] Maddison, Angus La economía mundial 1820-1994. Análisis y estadísticas, OCDE, París, 1997, pp. 109 y 127.

[v] Ver Iñigo Carrera, Juan, “Estancamiento, crisis y deuda externa: Evidencias de la especificidad de la acumulación de capital en la Argentina”, Ciclos, 23, pp. 3-38.

[vi] He desarrollado las bases de esta suba en El capital: razón histórica, sujeto revolucionario y conciencia, capítulo 2.

 

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