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Por Juan Iñigo Carrera
Rolando Astarita pretende
haber sintetizado mi posición en el debate ocurrido en las
V Jornadas de Razón y Revolución, con un “el
capitalismo está en una «crisis de sobreproducción
permanente»”, que me atribuye literalmente. Esta es una
manipulación caricaturesca de mis planteos. Durante el
debate, Astarita respondió a mis desarrollos concretos
sobre la acumulación de capital mediante reiteradas
invocaciones a los “conceptos marxistas”, sobre los que,
se diría, cree tener el monopolio. De modo opuesto, voy a
insistir aquí en el curso señalado por Marx en cuanto a no
partir de conceptos
[i]
y a avanzar reproduciendo lo concreto mediante el
pensamiento.
Determinaciones
de la forma cíclica y las crisis
En
otra parte
[ii]
presenté las determinaciones específicas que dan a la
acumulación de capital una forma necesariamente cíclica,
donde la unidad entre este modo históricamente específico de
organizarse el proceso de metabolismo social y el contenido
material de éste aparece gradualmente rota al exterior y
restablecida a través de crisis periódicas. Sintetizo aquí
las dos determinaciones centrales para la cuestión actual,
ambas inherentes a la producción de plusvalía relativa
mediante la maquinaria.
En primer lugar, la tasa general de ganancia sube o baja
según que la productividad del trabajo crezca más o menos
que la composición orgánica del capital que la sostiene.
Cuanto más desarrolla el capital dicha productividad sobre
una base técnica dada, mayor tiende a ser el crecimiento
relativo de su composición orgánica. En consecuencia, la
tasa general de ganancia tiende a caer y, por lo tanto, a
hacerse más lenta la acumulación, avanzándose hacia una
crisis de superproducción general de capital imposibilitado
de actuar como tal por su baja tasa de valorización. El
propio avance hacia la crisis impone al capital social la
necesidad de revolucionar su base técnica, engendrando una
nueva que haga crecer a la productividad del trabajo por
encima del crecimiento de la composición orgánica. Sube
entonces la tasa de ganancia y se entra en una fase de
acumulación acelerada sobre la nueva base técnica, hasta que
ésta va agotando su potencialidad original y el movimiento
relativo se va invirtiendo.
En segundo lugar, tenemos el modo en que el capital rige la
evolución relativa de la escala de la producción social
(inherente al desarrollo de la productividad del trabajo), y
la de la necesidad social solvente por medios de vida y
medios de producción. Todo capital individual necesita
aumentar la productividad del trabajo de sus obreros y, en
consecuencia, la escala de su producción material, como si
la necesidad social solvente por su mercancía no presentara
límite específico alguno. Al mismo tiempo, la producción de
plusvalía relativa mediante la incorporación de la
maquinaria implica el aumento del capital constante a
expensas del variable. La necesidad social por medios de
vida crece, pues, sujeta a este límite específico. La
satisfacción de la necesidad del capital de expandir la
generalidad de la producción social, toma forma concreta en
este crecimiento específicamente limitado de la necesidad
social por ella. Por lo tanto, así como la acumulación
prospera mediante el aumento general de la productividad del
trabajo, engendra la creciente separación entre la escala
material de la producción y la del consumo sociales. Se va
dificultando la realización de la plusvalía portada en los
medios de vida destinados a los obreros y, de ahí, la
portada en los medios de producción destinados a expandir la
producción de dichos medios de vida. Así, hasta que la
unidad se restablece en una crisis de superproducción
general, y el movimiento recomienza. Notemos que se trata de
una crisis de superproducción y no de subconsumo: en el modo
de producción capitalista cada uno consume lo que su
relación social general, el capital, le determina; lo cual
llega a implicar cero para una porción creciente de la
población obrera que el capital determina como sobrante para
su acumulación.
Las dos determinaciones vistas dan a la acumulación de
capital su forma cíclica general, con crisis periódicas de
superproducción general que concentran al mismo tiempo la
destrucción de fuerzas productivas sociales existentes y el
engendrarse de otras nuevas más potentes aún. Esta modalidad
contradictoria de realizarse la organización del proceso
material de metabolismo social encierra fases de expansión
acelerada del capital y fases de contracción (relativa, en
general, ya que se trata en esencia de un proceso de
acumulación) de distinta duración e intensidad, subsumiendo
las mayores a las menores.
La acumulación de capital es mundial por su contenido, pero
todavía toma forma de procesos nacionales. Como expresión
del movimiento cíclico general, nos centramos aquí en el
mayor de ellos, los Estados Unidos (USA).
El NBER registra un primer
ciclo con duración media de 4,5 años para 1854-2001: el
llamado business cycle. Existen múltiples cómputos de
un segundo movimiento de mayor amplitud y duración, de
alrededor de 10 años. Marx se refiere a él como el ciclo
industrial. Por mi parte, he verificado su manifestación
en los precios agrarios y generales expresados en oro
[iii]
.
A este movimiento aparecen respondiendo de modo inmediato
las crisis centradas en 1982, 1991 y 2001, que hacen al eje
del debate.
Por sobre estos movimientos, existen grandes fases de
aceleración y desaceleración de la acumulación, a las que
corresponden las crisis de superproducción general que dejan
hitos en el desarrollo capitalista. Kondratiev fue el
primero en señalar su existencia, aunque no desarrolló su
necesidad. Así y todo, remarcó claramente que estos
movimientos son inherentes a la acumulación de capital, en
contraposición con quienes, como Trotsky, los atribuían a la
irrupción de factores externos a la acumulación misma. La
cuestión central en discusión es: ¿en qué punto se encuentra
la acumulación de capital respecto de las crisis de
superproducción general propias de estos grandes
movimientos?
Evolución
de la acumulación respecto de las crisis mayores
Astarita
toma como referencia el crecimiento del PBI a precios
constantes. En su exposición, comparó favorablemente la tasa
promedio del 3% anual del período 1980/2004 para los Estados
Unidos, con la del 1% para Gran Bretaña durante la
“revolución industrial”. Veamos. Cuando se computó
retrospectivamente el producto del siglo XVIII, la tasa de
alrededor del 1% anual pareció tan magra que hasta se
cuestionó la existencia de la tal revolución. Es que, hoy
día, los economistas consideran que una economía cuyo PBI a
precios constantes crece menos del 3% anual, se encuentra
estancada. Lo que Astarita mismo llama “la depresión
japonesa de los noventa” encierra un crecimiento del 1%
anual. Y Maddison, insospechable de catastrofismo, compara
el “desempeño económico insatisfactorio” de los países de la
OCDE en 1973-94, por su crecimiento del 2,5%, con “la edad
de oro” de 1950-73 con su 4,4% de crecimiento anual
[iv]
.
Hasta los economistas saben que el modo de producción
capitalista va acelerando el desarrollo de las fuerzas
productivas de la sociedad, el cual se refleja en el
crecimiento acelerado del producto material.
Veamos, entonces, qué significa en el proceso histórico esta
tasa del 3% que Astarita exhibe como prueba de las bases
sólidas de la acumulación en los últimos 25 años:
La velocidad de crecimiento del producto ha caído cada vez
más por debajo de su propia tendencia histórica durante
dicho período. Contra el optimismo al 3% anual, se evidencia
que la acumulación viene tropezando con una traba creciente
para expandir su base material.
Por cierto, el PBI y el PBN a
precios constantes reflejan la evolución del volumen físico
ponderado de la producción, pero no la de la forma
específica que presenta la riqueza social en el modo de
producción capitalista, la de su forma de valor. No
reflejan, pues, la evolución del valor producido, ni, por lo
tanto, la determinación más simple de la acumulación de
capital
[v]
.
El crecimiento del producto material no es sinónimo de
crecimiento de la masa de valor producida, que depende sólo
del total de trabajo productivo aplicado por la sociedad,
sea que éste se materialice en un número mayor o menor de
unidades.
De hecho, el crecimiento desacelerado del volumen material
del producto social resalta más aún al contrastarlo con el
crecimiento acelerado de la productividad del trabajo. Esta
misma relación caracteriza al engendrarse de la crisis del
30, mientras que se da la inversa a la salida de la misma y
de la de 1890:
Tomemos, pues, el otro aspecto de la evolución del valor
producido, esto es, el precio medio del producto social. Lo
expresamos bajo la forma más simple del dinero, o sea, en
oro:
La magnitud y oportunidad de las fluctuaciones trascienden
la determinación de éstas por los cambios relativos en la
productividad del trabajo que produce el conjunto de las
mercancías y la del que produce el oro. En los períodos de
auge, las mercancías tienden a venderse por sobre sus
valores (concretamente, por sobre sus precios de
producción), mientras que el avance manifiesto hacia la
superproducción tiene el efecto contrario. La magnitud de la
caída de los precios durante la década de 1980 hace evidente
que la crisis centrada en 1982 trasciende el carácter
meramente decenal, para corresponderse con la naturaleza de
la del 30.
En efecto, si observamos la forma cíclica que toma la
expresión de valor del PBN tenemos:
Las crisis mayores con caídas extremas de la expresión de
valor del PBN en 1843 y 1896 (la de 1864 es particular de la
guerra civil), estallan como contracciones relativas de la
producción social en medio de una fase general expansiva. De
ahí la caída limitada de los precios en que ellas se
manifiestan, y el alcance limitado de la crisis misma. En
cambio, la crisis que alcanza la máxima contracción en 1935,
estalla en 1930 tras veinte años de manifestarse la
creciente superproducción general a través de la
desaceleración progresiva de la tasa de expansión de la
producción social. Se trata de una superproducción general
cuya crisis se pospuso en el tiempo. De ahí su intensidad
sin precedentes.
En contraste, la crisis con caída máxima de la expresión de
valor del PBN en 1980 viene de un período de expansión del
producto material a velocidad media, pero abre uno de
desaceleración progresiva. Y, si ésta aporta a la
recuperación de los precios, muestra rápidamente su
agotamiento en este sentido. La crisis decenal de 2001 los
empuja nuevamente hacia abajo.
Surge entonces una pregunta central para la presente
discusión: ¿por qué la crisis de superproducción general
aguda de los 80 no ha implicado una transformación lo
suficientemente radical del capital existente como para
renovar el impulso de una fase expansiva y, más aún, para
abrir una nueva fase expansiva, sino que, por el contrario,
ha abierto una fase marcada por el freno creciente a la
expansión de la producción social pese al aumento acelerado
de la productividad del trabajo? Y, de aquí, ¿cuál de las
dos determinaciones centrales de la tendencia a la
superproducción general actúa en este sentido?
Evolución
de la tasa general de ganancia
Empecemos por el aumento de la productividad del trabajo
respecto del de la composición orgánica del capital.
Recordemos la imposibilidad de medir la tasa de plusvalía y
la composición orgánica del capital en sus expresiones
concretas. La primera relación posible de establecer es
entre la plusvalía neta de gastos de circulación y la suma
de los salarios productivos e improductivos. Esta relación
subestima la tasa de plusvalía, ya que su numerador tiene
restada la plusvalía aplicada al pago de los gastos de
circulación, y su denominador tiene sumada la parte de esos
gastos en salarios. La segunda relación, es entre el valor
del capital consumido en medios de producción y circulación,
y el total de salarios productivos e improductivos pagados
en el año. Esta relación no refleja inmediatamente la
composición orgánica del capital, que sólo corresponde a la
relación entre capital constante y valor de la fuerza de
trabajo productiva. Tenemos entonces:
Con todas las salvedades hechas, las series que resultan de
las estadísticas para los últimos 60 años no presentan
evidencia de las tendencias inherentes a las determinaciones
más simples de la acumulación basada en la producción de
plusvalía relativa. En primer lugar, con la mediación del
eventual efecto proveniente del movimiento relativo de los
medios y del trabajo de circulación, la tendencia general al
aumento de la composición orgánica se muestra ausente. Más
llamativamente aún, con la mediación del eventual efecto
originado en el movimiento relativo de los gastos de
circulación (y en particular de los salarios de circulación)
respecto del capital variable, la tendencia general al
aumento de la tasa de plusvalía aparece revertida en la
relación concreta entre plusvalía disponible y salarios
totales.
La evolución de estas relaciones evidencia la complejidad
que media entre el conocimiento de las determinaciones
generales del modo de producción capitalista y el de sus
formas concretas necesarias de realizarse, sobre las que
debe operar la acción política de la clase obrera. Nuestro
objetivo aquí nos permite seguir avanzando sobre ellas en
cuanto se manifiestan en la determinación de la tasa de
ganancia concreta del capital total de la sociedad:
La tasa concreta de ganancia
está lejos de mostrar una tendencia sostenida a la baja
proveniente de un aumento manifiesto en la composición
orgánica no contrarrestado por un aumento manifiesto en la
tasa de plusvalía. Por el contrario, se ha recuperado a
partir de la crisis de 1982. De modo que no es en la primera
determinación general que lleva recurrentemente al capital a
la superproducción general, donde cabe buscar la barrera con
que choca actualmente la expansión de la escala de la
producción social
[vi]
.
Evolución
de la producción y el consumo sociales
Enfoquemos sobre la segunda determinación general del
avance hacia la superproducción general: la necesidad de
expandir la producción material por encima del límite
específico que determina la acumulación a la expansión de la
necesidad solvente por medios de vida para los obreros. Esta
determinación se pone crecientemente de manifiesto a partir
de la crisis de los 80:
Podría pensarse que la brecha ha sido cerrada mediante la
expansión acelerada de la acumulación, vía el aumento del
capital constante fijo y los instrumentos para la
circulación. Sin embargo, la inversión fija bruta no
residencial experimenta una pequeña caída relativa. Pasa del
22,5% del PBI excluyendo vivienda en el promedio de los 70 y
80, al 21,1% en el promedio de la década del 90 y lo que va
de la presente. En resumen, si la capacidad de consumo
individual de los asalariados más la inversión bruta fija
para la producción y la circulación representaban el 79,1%
del PBI en el período 1971/1990, esta proporción se reduce
al 76,4% para 1991/2004.
Sin duda, una parte de la diferencia ha ido a engrosar el
consumo individual de los capitalistas y terratenientes
(pero no el de sus cortesanos a sueldo, ya que la
participación de éstos en la riqueza social se encuentra
incluida en la masa salarial). Pero estamos hablando de la
absorción de una masa de riqueza social de alrededor de 310
mil millones de dólares para 2004, o sea, casi el doble del
PBI argentino.
La
expansión del capital ficticio
Cuando un capitalista individual no puede realizar la
plusvalía materializada en su producto porque no encuentra
comprador solvente a quien venderle, se enfrenta al
reconocimiento inmediato de la impotencia de su capital para
actuar como tal. Pero tiene la opción de huir hacia
adelante, vendiendo a crédito a compradores insolventes.
Hecho lo cual, su capital parece haberse valorizado y puede
reproducir su ciclo a condición de poder comprar a crédito.
Desde el punto de vista del capital total de la sociedad,
este movimiento no puede operar sobre el capital existente
mismo, ya que le haría imposible reiniciar su ciclo. Tampoco
puede avanzar sobre la plusvalía requerida para la marcha de
la acumulación. Pero sí puede hacerlo sobre una porción de
ésta que la propia existencia de la superproducción general,
manifiesta en la falta de compradores solventes, muestra ser
sobrante para la capacidad efectiva del capital social para
acumularse. Y, con cada renovación del ciclo, una nueva
porción de plusvalía carece de más curso para seguir que
éste, en tanto la superproducción continúa expandiéndose
sobre esta base misma.
Los títulos de crédito incobrables en que se encuentra
formalizada la plusvalía aparentemente realizada, adquieren
vida propia. Se cancelan a su vencimiento mediante nuevos
títulos de crédito, que incluyen los intereses vencidos
capitalizados. Lo cual renueva la ficción de capital que se
valoriza. Y esta ficción se multiplica en la especulación.
La masa de capital ficticio así formada adquiere una
universalidad de movimiento que ya quisiera para sí el
capital industrial. En cambio, éste no hace sino tropezar
con su propia superproducción general. Se genera así la
inversión seudocrítica de que la acumulación ha dejado de
girar en torno al movimiento del capital industrial para ser
dominada por la “valorización financiera” y que, de allí,
brotan los limites con que tropieza crecientemente.
Veamos el desarrollo y la magnitud alcanzada por este
movimiento:
Para que el producto material pudiera crecer al 3% durante
los últimos 25 años, el endeudamiento tuvo que hacerlo al
5,5% real. Cada vez que la velocidad de este crecimiento
relativo disminuye, sobreviene una crisis de superproducción
cuya superación se sostiene en una nueva expansión acelerada
del crédito, como en 1991 y 2001. Hoy, se requieren más de
tres años de producto para cancelar el saldo total de deuda.
Si esto es a lo que Astarita llama el “carácter coyuntural”
del “overtrading” porque “los bancos empiezan a
tomarle mal olor al asunto”, debería concluirse que los
banqueros necesitan urgentes rinoscopias.
En un artículo anterior en Razón y Revolución me referí a una forma característica
que tiene actualmente la absorción de la producción social
basada en el endeudamiento aparentemente sin fondo: baja de
impuestos en USA – aumento de las compras privadas a China –
recaudación de parte de la plusvalía por el gobierno chino –
colocación de ésta en la deuda pública norteamericana
emitida para cubrir el déficit ocasionado por la baja de
impuestos. Hasta los economistas saben del papel clave de
este circuito cuando llaman a
los Estados Unidos
la
“locomotora de la economía
mundial”.
La expansión del consumo social basada en el desarrollo del
capital ficticio no termina aquí. Los fondos jubilatorios de
la clase obrera norteamericana están invertidos en acciones
y otros títulos de renta futura, que constituyen la otra
pata del capital ficticio. A partir de los 80, esta porción
del capital ficticio ha experimentado una fuerte expansión,
cuyo carácter puramente especulativo se refleja en la suba
del precio de las acciones respecto de su rendimiento
efectivo. Ante el aparente aumento de su fondo jubilatorio,
el obrero cae en la apariencia de que ya no necesita
acumular un ahorro personal adicional para cubrir sus
necesidades futuras; al contrario, se cree en condiciones de
consumir hoy a cuenta de sus fondos acumulados (igual papel
juega el alza del precio de las viviendas, especulativamente
empujado 51% por sobre los alquileres, de 1982 a 2005):
Hoy día, el consumo de medios de vida absorbe la producción
expandida gracias a exceder el ingreso personal disponible
de quienes lo realizan. ¿Sobre qué base cree Astarita que se
va a seguir expandiendo, para suponer que la acumulación de
capital en Estados Unidos no camina por el filo de una
situación crítica de superproducción general?
La expansión aparentemente autónoma del capital ficticio no
es sino la forma concreta de organizarse el movimiento del
capital efectivo portador del proceso material de
metabolismo social. Por su medio, el capital efectivo tensa
al extremo su necesidad inmanente de expandir la producción
social como si ésta no tuviera un límite específico en el
modo mismo en que su organización determina la expansión del
consumo social. La unidad entre forma y contenido aparece
crecientemente rota al exterior. Cada tanto, esta separación
ha aflojado su tensión mediante crisis de alcance limitado.
Tan limitado, que la superación de la crisis ha tenido en su
base una nueva expansión relativa del capital ficticio. De
modo que la apariencia de movimiento autónomo adquirido por
la forma no hace sino poner de manifiesto que se avanza
hacia un restablecimiento de la unidad al exterior, cada vez
más violento cuanto más se posterga. Hasta Greenspan sabe de
la “exuberancia irracional” alcanzada por el capital
ficticio.
[i]
Marx, Kart, Glosas marginales al “Tratado de economía
política” de Adolph Wagner, Pasado y Presente 97,
México, 1982, pp. 48 y 51.
[ii]
Iñigo Carrera, Juan, El capital: razón histórica,
sujeto revolucionario y conciencia, Ediciones
Cooperativas, Buenos Aires, 2003, capítulo 6.
[iii]
Iñigo Carrera, Juan y Sergio Levín, “Análisis y
proyección de tendencias y patrones cíclicos de precios
agrarios relevantes para la formulación de estrategias
y políticas de desarrollo nacional”, SAGyP, 1988.
[iv]
Maddison, Angus La economía mundial 1820-1994.
Análisis y estadísticas, OCDE, París, 1997, pp. 109
y 127.
[v]
Ver Iñigo Carrera, Juan, “Estancamiento, crisis y deuda
externa: Evidencias de la especificidad de la
acumulación de capital en la Argentina”, Ciclos,
23, pp. 3-38.
[vi]
He desarrollado las bases de esta suba en El capital:
razón histórica, sujeto revolucionario y conciencia,
capítulo 2.
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