Diez...
En el año 1995, un grupo de historiadores de izquierda resolvió emprender una tarea difícil para los años que corrían: editar una revista marxista que enfrentase a los intelectuales académicos y las modas dominantes. “El desarrollo capitalista confirma las tendencias fundamentales expuestas en El Capital (...) Entonces, la utopía ha dejado de ser tal. Es hora de volver a trabajar. Hay que volver a la crítica y a la acción: Razón y Revolución”, escribimos en nuestra primera editorial. Nacía, sino la única, una de las pocas publicaciones que reivindicaba el conocimiento científico en medio del posmodernismo imperante. Unos años después, ese grupo, transformado en componentes y tamaño, consumaba otra impertinencia al construir un programa de investigación con el fin de develar el funcionamiento de la sociedad argentina. No bastaba con criticar, había que producir. No bastaba con escribir, había que formar nuevos productores. Diez años más tarde los resultados hablan por sí mismos: Razón y Revolución conforma ocho equipos de investigación que abarcan toda la historia argentina, la creación artística, la literatura y la dialéctica de la naturaleza. Todos ellos debaten en igualdad de condiciones con los especialistas de su ámbito.
No reivindicamos el monopolio de la batalla por las ideas. La burguesía también actúa, y muy eficientemente, por cierto. Los intelectuales del régimen siguen equipados con los recursos materiales que su clase pone a su disposición. Con los más absurdos argumentos, liberales y progresistas proscriben a quienes han decidido no hacer el papel de alcahuetes genuflexos, a quienes han abrazado la producción científica con la honestidad y la seriedad que obliga la tarea de explicar, entre otras cosas, por qué una sociedad mata de hambre a la mitad de su población. Para ingresar en su selecto círculo, obligan a los aspirantes a dedicarse a temas asombrosamente banales y a no mencionar a los autores “prohibidos” (de quienes, de todas maneras, extraen ideas y fuentes) y sí a los “obligatorios” (con los que tienen algún tangible compromiso). Cualquier referencia a categorías científicas como “clase”, “modo de producción” o “capitalismo” es causal de excomunión. Todo esto opera para desanimar a quien busca constituirse como un investigador serio y transformarlo en un ser dócil y mezquino.
Razón y Revolución también sigue en su puesto. Su tarea es, justamente, la inversa. Desde sus páginas alienta la constitución de intelectuales comprometidos con la Revolución. Y lo que se promete, se cumple: no sólo hemos difundido nuestras investigaciones, sino que hemos abierto nuestra publicación a todo aquel que estuviera en condiciones de aportar elementos para el conocimiento científico, aunque más no sea en estado embrionario. Han pasado por nuestras páginas autores de todo el espectro de la izquierda, incluso aquellos con los que hemos debatido públicamente. Nunca le hemos pedido pergamino alguno a nadie. No reivindicamos el monopolio del combate contra la ideología dominante. No es la caridad ni algún oculto interés lo que organiza nuestra amplitud. Sencillamente, intentamos constituir un órgano que centralice la discusión científica.
No pretendemos ser una publicación que opera en los márgenes. El trabajo intelectual requiere de condiciones materiales que no pueden dejarse en manos del enemigo. Por eso, nuestro próximo número saldrá con referato académico. No puede ser que para conseguir recursos haya que escribir donde la academia dice y como ella quiere. Este número es una muestra de nuestras afirmaciones. En casi todas las secciones puede encontrarse algún enfoque divergente con el nuestro. Incluso uno de ellos nos critica abiertamente. El criterio elegido no altera en absoluto la exigencia en la calidad de los artículos. El dossier está dedicado al análisis de una trayectoria, la que va desde el nacimiento a la descomposición del sistema social en que vivimos. Allí se entabla un nutrido intercambio con compañeros marxistas (Eduardo Azcuy Ameghino y Juan Iñigo Carrera), la historiografía dominante y las explicaciones actuales del argentinazo.
Un bloque sobre intelectuales: nuestras IV Jornadas de Investigación Histórico-Social, en septiembre de 2004, suscitaron intensos debates y contribuciones. Beba Balvé, directora de CICSO, arroja un balance sobre la mesa Lucha de clases en los ‘70 y la historia del centro de estudios que dirige. A su vez, reproducimos el trabajo que Carlos Astarita expuso en la mesa Intelectuales y Democracia. En éste, examina la determinación que las preocupaciones políticas de la clase dominante ejercen sobre la conformación de los objetos de estudio. Rosana López Rodríguez analiza la constitución del canon literario y por qué Arlt es canonizado en los ´60 ante el olvido del populista Soiza Reilly. La respuesta se encuentra en el programa político de la pequeña burguesía. Por último, la reseña de un trabajo destacado, realizada por una especialista calificada: Políticas de maternidad y maternalismo político, de Marcela Nari, por Marina Kabat.
Porque somos una organización de combate, porque hay un combate por dar y porque las afirmaciones de nuestra primera editorial siguen tan vigentes como entonces, nuestros diez primeros años nos encuentran sin nostalgias y con la vista puesta en el futuro. |