Dossier: Las causas de la derrota, marzo 1976.
Introducción
A la salida de este número, se estarán cumpliendo 30 años del golpe militar de 1976. El universo intelectual y artístico, sin excepción, estará pronunciándose sobre el tema. Asistiremos a una dura batalla sobre las formas y contenidos de la lucha de clases en el período. Cada núcleo ideológico intentará imponer sus propias conclusiones sobre la experiencia. Habrá quienes, con aires de suficiencia, harán caso omiso de la fecha y eludan el debate, con el argumento de que su actividad no esta subordinada a las efemérides.
Razón y Revolución pretende ser una publicación vinculada a los problemas reales. Pretende, por lo tanto, intervenir en la disputa ideológica allí donde se presente. Desde el campo revolucionario, se ha venido trabajando arduamente y hay mucho para decir como para entregar el terreno al enemigo. Por eso, ante este evento, proponemos un espacio de discusión científica. Este dossier reúne una serie de trabajos que reflexionan sobre el problema, rigurosamente y con la mirada puesta en las tareas actuales.
La preocupación por elaborar un balance de la lucha de clases en el período 1969-1976 excede, sin embargo, al actual aniversario. Se remonta a nuestro número 3, en 1997. Allí, en medio de un ciclo contrarrevolucionario -y con una clase obrera que aún no daba demasiadas señales de vida política propia-, intentábamos examinar las perspectivas de una izquierda todavía demasiado débil y marginal. Anticipábamos que el desarrollo del capitalismo en Argentina desembocaría, más tarde o más temprano, en una crisis social de envergadura. En ese contexto, la izquierda se encontraría con un fértil campo de intervención. La reflexión sobre la década de 1970 tenía un doble objetivo: por un lado, destacar la necesidad de una reconstrucción científica del período frente al escepticismo de los intelectuales burgueses. Por el otro, combatir la teoría de los dos demonios, por la vía de reivindicar la lucha revolucionaria de la que, no obstante, se debía sacar un balance que permitiera deshacerse del peso inútil. Nuestro número 8 se editó a fines de 2001, pocas semanas antes del Argentinazo. En el dossier intentábamos establecer una comparación entre las luchas que se desarrollaron a partir del Cordobazo y las originadas en el movimiento piquetero. Dicho examen tenía una preocupación muy concreta y presente: ¿se había cumplido un ciclo de la lucha de clases en Argentina? La pregunta aludía a la posibilidad de que se estuviera gestando una transformación sustantiva en las formas y los contenidos de la acción obrera. Procurábamos averiguar qué relaciones habían perecido y cuáles estaban asomándose. Las conclusiones resultaron proféticas. El número 12, aparecido en 2004, tuvo dos particularidades: en primer lugar, logró delimitar una pregunta que suscitó un fuerte debate. En segundo, se expusieron allí los primeros resultados de una investigación propia. La pregunta ¿Por qué perdimos? presuponía que éramos parte la fuerza social que desafió al régimen, es decir, que nos ubicábamos en el campo de revolucionario y que, efectivamente, habíamos sido derrotados. Lanzamos, allí, un primer artículo propio y de envergadura sobre el problema al que contestaron, en los sucesivos números, compañeros calificados en el tema.
El presente dossier intenta intervenir en la discusión general sobre aquél proceso revolucionario con la mirada puesta en los objetivos del presente. El balance sobre lo que consideramos la derrota de la década de 1970 tiene cómo preocupación la cuestión del poder. Porque, creemos, hemos dejado atrás el ciclo contrarrevolucionario. Si el proceso revolucionario abierto en diciembre de 2001 se hubiera cerrado, este problema no tendría ningún sentido. Si hubiéramos triunfado definitivamente, tampoco (estaríamos, tal vez, elaborando un dossier sobre la administración estatal de la economía). En tanto no triunfamos pero tampoco fuimos derrotados, las tareas del Argentinazo siguen vigentes como inconclusas, necesarias y posibles en el corto plazo histórico. Y como la obra pendiente de la insurrección del 2001 es, por definición, la toma del poder, examinamos la lucha de clases que nos precedió con el objeto de elaborar las mejores herramientas para el nuevo asalto. Esto implica, el mayor respeto y la mayor irreverencia. Respeto por compañeros que han dado todo por la causa revolucionaria. Irreverencia, pues debemos ser implacables en la crítica. Arrastrar los errores del pasado nos puede costar un nuevo fracaso.
El dossier, entonces, intenta discutir las causas por las cuales la revolución que comenzó a desatarse en 1969 fue derrotada. Un primer aspecto de discusión es la formación de los intelectuales y su relación con la construcción del partido. Leonardo Grande examina a uno de los grupos más influyentes en la pequeña burguesía intelectual a fines de la década de 1950 y comienzos de 1960: El Escarabajo de Oro y El Grillo de Papel. Su trabajo tiene como núcleo la delimitación de su programa y la relación que estableció el colectivo con el PC argentino. A su vez, Nilda Redondo analiza la trayectoria de los tres escritores que integraron las filas revolucionarias más importantes del período: Rodolfo Walsh, Francisco Urondo y Haroldo Conti. Se reflexiona aquí, sobre el vínculo que mantuvieron con sus respectivos partidos (Montoneros y ERP) y las características de su producción literaria en relación a sus concepciones políticas.
El problema de la lucha armada es abordado por Stella Grenat desde una perspectiva original: el estudio de la crisis de una organización menor, las FAL. A través de su análisis, se va descubriendo las características de una coyuntura decisiva, la de 1971. Allí se produce, en primer lugar, la polarización política en torno a los programas de Montoneros y ERP. En segundo, el forzoso pronunciamiento ante la apertura democrática de Lanusse. Otra vez aparece, bajo nueva forma, el problema del partido.
Los tres trabajos que le siguen analizan las luchas llevadas a cabo por los componentes de la fuerza social revolucionaria. Héctor Löbbe se ocupa de la clase obrera en el punto más alto al que llegó en el proceso: las coordinadoras de junio y julio de 1975. El artículo condensa los argumentos fundamentales de su tesis de licenciatura. Pablo Bonavena, por su parte, analiza otra columna de la fuerza social: los estudiantes. En este caso, la movilización universitaria y secundaria en las provincias de Cuyo. El artículo compara las movilizaciones, en San Luis y en San Juan: por un lado, las que tuvieron lugar antes de 1969 y, por el otro, las que surgen allí a partir del Cordobazo. Por último, Gonzalo Sanz Cerbino nos ofrece un resultado definitivo sobre la composición social de la fuerza revolucionaria, ¿la revolución había conquistado al núcleo del movimiento obrero? El autor intenta demostrar, a través del análisis de las bajas, que la clase obrera tuvo una baja participación en el campo revolucionario en relación con su peso real en la economía. Por el contrario, la alianza contó con una representación excesiva de la pequeña burguesía.
Como cierre, presentamos una investigación que pone al período estudiado en relación al presente. Se trata de un artículo elaborado por CICSO que confronta las formas de lucha de la clase obrera en la década de 1970 y las surgidas a partir de 1999. Apela, para ello al análisis comparativo de dos puebladas en la misma ciudad (Casilda), una en 1971 y la otra en 2002. El examen de los combates tiene por objeto distinguir las diferentes direcciones, los tipos de alianzas, el ciclo en que se enmarcan (revolucionario el primero, contrarrevolucionario el segundo) y el carácter de la lucha (pueblo-régimen en 1971, masas-Estado en 2002). La conclusión a la que arriba es sugestiva: en relación a la década de 1970, en el período actual se ha roto la capacidad de la burguesía de tejer alianzas y se ha puesto de manifiesto la disyuntiva entre movimiento y partido. |