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Los giros del continente. Un balance del triunfo del FMLN en las últimas elecciones presidenciales en El Salvador - Mariano Schlez
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Artículo publicado en El Aromo nº 48 - "A todo motor"
En El Salvador, el movimiento Farabundo Martí llegó al poder. Sí, los guerrilleros ahora están en casa de gobierno. Claro que no como producto de la derrota militar de la burguesía, sino mediante los mecanismos que ésta impuso: la democracia. Con todo, la conquista fue saludada por todo el arco progresista como una señal de que América Latina marcha inexorablemente hacia la transformación social de la mano de sus presidentes. Un mejor examen de lo que propuso Mauricio Funes, ganador de las elecciones, puede revelarnos que detrás de las casacas rojas no hay siquiera una intención de acercarse al reformismo.
Desde los inicios de la campaña, Funes decidió alejarse de las FARC y de Chávez, para arrimarse al modelo de Lula y de Obama. El año pasado, sin demasiadas vueltas, el candidato afirmó que lo único que unía al actual FMLN con la vieja guerrilla eran sus siglas. En su búsqueda de apoyos corporativos, Funes sedujo al Ejército y a los empresarios. Al primero le propuso exonerarlo del pago del impuesto de la renta y mejorar las condiciones laborales y de infraestructura. Frente a la Cámara Americana de Comercio, se alejó de todo fantasma “intervensionista”, asegurando que implementaría “un marco regulador donde el gobierno no tenga necesidad de intervenir. Más bien, que regule los excesos o abusos del mercado”.1 A su vez, para que el empresariado salvadoreño radicado en los EE.UU. le diera su apoyo, Funes aseguró que “la izquierda le ha perdido el miedo a los empresarios”.
El mismo día de la victoria, llamó a dejar de lado “la confrontación y el revanchismo”, caracterizando que los salvadoreños han firmado “un nuevo acuerdo de paz, de reconciliación del país consigo mismo”. Planteó, además, que su gobierno apuntará a realizar “grandes acuerdos en materia fiscal, financiera y salarial” y a un aumento de la productividad que permita acelerar el crecimiento económico para enfrentar la crisis mundial.2 En su discurso, llamó fortalecer las relaciones con EE.UU. Debemos tener en cuenta que el mercado estadounidense es el principal destino de las exportaciones salvadoreñas. Esta poderosa relación entre ambos países se expresó en el hecho de que El Salvador fue el único país latinoamericano que aportó soldados para la ocupación en Irak. El apoyo de Funes significa la continuidad del apoyo militar a las futuras incursiones norteamericanas.
Revolución y contrarrevolución en El Salvador
El FMLN tiene una rica historia que nos remonta a Agustín Farabundo Martí Rodríguez, fundador y dirigente del Partido Comunista salvadoreño (PCES). Martí fue fusilado en 1932, juzgado y condenado por un tribunal militar, luego de participar de un levantamiento contra el gobierno, que derivó en la masacre de 15.000 personas. Desde aquella época, El Salvador atravesó una profunda crisis de hegemonía que se tradujo en una continua inestabilidad política.
El fracaso de la estrategia reformista del PCES llevó a que, en 1970, una fracción se desprendiera: las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL), levantaron un planteo guevarista. En aquella década, un proceso revolucionario en marcha fue enfrentado con un golpe de estado, en 1979. La destrucción de la fuerza revolucionaria no pudo tomar la forma “clandestina”, como en América del Sur. Por el contrario, fue necesario apelar a masacres abiertas. En algunos casos, se llegó hasta la exhibición pública de cadáveres.3 La respuesta a estos ataques salvajes fue la conformación de frentes de masas cada vez más amplios: el FPL, el PCES y la Resistencia Nacional forjaron la Dirección Revolucionaria Unificada, que derivó, en 1980, en la fundación del FMLN, al que se sumó el Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC). En enero de 1981, la guerrilla encabezó una ofensiva general que no llegó a tomar el poder y que profundizó, en cambio, una cruenta y prolongada guerra: entre 1980 y 1981, la Junta ya había asesinado a 32.000 personas, financiada por la burguesía salvadoreña y el gobierno de los Estados Unidos.4 Esta derrota inapelable fue la que preparó el camino para la “democracia”. Ya en 1981 se sentaron las bases de los partidos que actualmente dominan la política salvadoreña: el asesino del cura Romero, Roberto D´Abuisson, fundó el partido Arena. Por su parte, el FMLN abandonó su estrategia revolucionaria para aliarse con el socialdemócrata Frente Democrático Revolucionario (FDR). Luego de más de 12 años de guerra civil, los Acuerdos de Paz de 1992 consagraron el cierre de la crisis y la plena hegemonía burguesa en la región. Se inauguraba el ciclo contrarrevolucionario.
Piquete y cacerola
Vimos que el FMLN no es un partido revolucionario. Tampoco se postuló como dirección de un gobierno reformista. Sin embargo, de una extraña manera, tienen razón los que plantean que en El Salvador, asistimos a un giro a la izquierda. El problema es comprender qué es lo que ha girado. El éxito de Funes representa algo más que un mero recambio al interior de la burguesía. Estamos ante un primer síntoma de la interrupción del ciclo iniciado en 1992. Luego de casi dos décadas, las masas comenzaron a levantar cabeza. Es cierto que se trata de un fenómeno que abarca al continente y que se manifiesta en forma desigual. Sin embargo, la derrota de la derecha no puede reducirse a un mero “contagio”. Si bien ayudadas por el clima de época, en El Salvador, la clase obrera ha recorrido, también, su propio camino.
Durante el 2008, las masas salvadoreñas se movilizaron al calor de la profundización de la crisis. Algunos analistas llegaron a plantear que las protestas posibilitaron “que los actores demandantes arrebaten la agenda a los medios de comunicación e incluso a los principales partidos políticos en contienda (Arena y FMLN) y asuman la directriz de lo que se está y debe discutir en el país”.5 Los trabajadores de la salud, de la educación, del campo, transportistas, estatales, administrativos y judiciales reclamaron por una importante cantidad de reivindicaciones: que los salarios no se devalúen por la inflación, contra la flexibilidad laboral, contra la privatización del seguro social, contra la enorme cantidad de despidos, por el derecho a la organización sindical independiente. Sin embargo, el reclamo principal que acompaño al conjunto de las movilizaciones es la lucha contra la desocupación.
Al igual que en el resto de América Latina, aunque con menores niveles de conflictividad, los trabajadores utilizaron las más variadas formas de lucha: huelgas, movilizaciones, cortes de rutas y tomas de oficinas. En septiembre, el sindicato de Trabajadores de la Industria del Transporte cortó, por dos horas, la ruta Panamericana exigiendo la reincorporación de 75 trabajadores despedidos. Hicieron lo propio los sindicatos de empleados de la salud y del Instituto Salvadoreño del Seguro Social, que cortaron las calles para denunciar la entrega de medicamentos vencidos y contra los despidos de obreros sindicalizados. También interceptaron la Panamericana los vecinos de los barrios Residencial Santa Lucía y Cima I, en reclamo por la finalización de obras de gobierno incumplidas. Asimismo, la Federación Sindical de El Salvador instaló un piquete, en una de las avenidas principales, y se movilizó a la Asamblea Legislativa exigiendo la reducción de los precios de la canasta básica. Tampoco faltaron los cacerolazos que, frente al Banco Central y el Ministerio de Economía, en protesta contra el alto costo de los productos básicos. Como vemos, en El Salvador se está gestando una alianza entre la pequeña burguesía pauperizada y la clase obrera ocupada y desocupada, con una fuerte tendencia a la acción directa: corte de rutas y movilización hacia los edificios gubernamentales. Ahí se encuentra el verdadero cambio en la política salvadoreña. El triunfo del FMLN es una expresión de ese cambio. A su vez, el partido ahora gobernante intenta dirigir ese ascenso de masas, contenerlo y canalizar sus demandas dentro del sistema.
Tarde y sin disfraz...
El gobierno de Funes no comparte el elemento bonapartista que ostentan Chávez, Correa o Kirchner. Su gobierno no surge de una insurrección que provoca un empate hegemónico. Es el producto del agotamiento del ciclo contrarrevolucionario. Un proceso que excede a El Salvador, pero que allí toma características particulares. Mientras que los bonapartismos emergen luego del pico más alto de movilización, las masas salvadoreñas están en pleno ascenso.
Llegado al gobierno, el FMLN tendrá una serie de conflictos en su haber. Por un lado, su programa no plantea anular la amnistía que imposibilita realizar juicios contra los represores, lo que se enfrenta a las aspiraciones populares de castigo por las masacres. Por otro lado, el nuevo gobierno ya avisó cuál será su política con respecto a las condiciones de vida de la clase obrera, nada promisoria por cierto. Fuertes conflictos esperan al país en cuanto las patronales comiencen su necesaria avanzada. Tal vez el FMLN tenga un breve respiro, luego de las elecciones, pero la marcha de la clase obrera seguirá su avance.
La desilusión no está muy lejos. La economía salvadoreña no tiene el tamaño para sostener experiencias cercanas al reformismo, ni el desarrollo político del proletariado es aún rudimentario, como en Chile. Para peor, la crisis mundial y la recesión en su principal mercado irán dejando al FMLN cada vez con más exiguos recursos, frente a reclamos más insistentes. Todos los gobiernos que tienden a exhibir simpatías izquierdistas llegaron a comienzos de esta década, en pleno desarrollo del mercado de comodities. Ahora comienzan a transitar el declive, más o menos abrupto, según el caso. Los otrora guerrilleros tendrían que haber llegado antes. Tal como están las cosas, no podrán contar siquiera con su instante de gloria. Con ellos se hundirá un símbolo guerrillero caro a las masas. Será hora, entonces, de poner en pie otro tipo de organización.
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1OSAL: “Informe de coyuntura. El Salvador. Noviembre”, CLACSO.
2FMLN: “Manifiesto a la Nación”, 27/3/2009, en www.fmln.org.sv.
3Chomsky, Noam: Lo que realmente quiere el Tío Sam, México, Siglo XXI, 1994. En el mismo período fue acribillado a balazos el Arzobispo Óscar Arnulfo Romero, mientras recitaba misa, por un grupo de tareas dirigido por el Mayor Roberto D´Abuisson.
4Pueden consultarse en www.cia.org.
5OSAL: “Informe de coyuntura. El Salvador. Junio-Julio de 2008”, CLACSO.
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