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El Caracazo: ¿Saqueos y destrucción o insurrección obrera? - Manuel Sutherland
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Artículo publicado en El Aromo nº 48 - "A todo motor"
El fenómeno internacionalmente conocido como “Caracazo” es una de las insurrecciones populares más fuertes acaecidas en América durante los últimos 50 años. Sobre este evento se han construido, y reforzado, teorías y políticas de largo aliento que permitieron la muerte del histórico bipartidismo (socialdemócratas y socialcristianos). Además, abrió la brecha para el surgimiento de golpes de Estado (febrero y noviembre de 1992) y generó un clima de ingobernabilidad que allanó el camino para la democracia popular chavista y una larga ristra de códigos de gobierno que, venidos del 27 de febrero (27-F), son pautas de gobierno del “progresismo” del siglo XXI.
El contexto económico
En los años ‘80 los aumentos en la tasa de interés, el excesivo endeudamiento y la baja de los precios de los hidrocarburos (por la contracción de la demanda mundial, bajaron de 30 dólares a 10 dólares en el fatídico año ‘83) revierten los “oasis” de la acumulación de los ‘70. Los huecos fiscales empujaron a que, del año 1975 a 1980, la deuda externa creciera en casi un 600%, produciendo que Venezuela entrase en moratoria de pagos en 1983 y 1988. La tasa de interés estadounidense, que en el año 1977 se ubicó alrededor del 5%, subió en 1981 a un impagable 19%. Las políticas fuertemente contractivas de la administración Reagan, destruyeron las posibilidades de pago en el país. Pero no conforme con eso, las corredoras de riesgo (ahora quebradas) consideraban muy peligrosa a la nación venezolana y le aumentaron vertiginosamente el Riesgo país, lo que obligaba a pagar aún más por préstamos cuyos intereses eran más que astronómicos.
En América Latina, las burguesías de acumulación más sólida emprendieron (bajo la absurda ideología neoliberal) un fantástico plan para la recuperación de la tasa de ganancia, que caía en picada. De esta forma, eliminaron a buena parte de capital sobrante, arruinaron a los capitales menos productivos y relanzaron la acumulación. Todo ello se realizó con mecanismo de centralización y concentración de capital donde se proletarizó a millones y se empobreció a otros tantos.
En Venezuela, el caos fue colosal. Las reservas operativas disminuyeron a casi mil millones de dólares. En 1988, la inflación llegó a un 35%. La tasa de interés real negativa y la fuga de divisas, para el periodo 1982-1988, fue de 25 mil millones de dólares. La burguesía nacional le indexó a la nación su deuda privada y, además, trató de mantener su “competitividad protegida” usando dólares preferenciales y diluyendo con devaluaciones sus deudas en bolívares. Un tremendo negocio. Sin embargo, la fiesta debía terminar de alguna forma.
El estallido
La explosión de la crisis se tradujo en un empobrecimiento brutal de la población en Venezuela, ya en situación urbana de marginalidad, debido al caótico crecimiento citadino. De hecho, Sonia Barrios dice que: “el 90% de los barrios que albergan al 40% de la población se asientan en el 10% del territorio de la ciudad”1 y González Silveiro plantea que: “en 1950, los barrios de Caracas albergaban a 117 mil habitantes, en 1981 dicha cifra se elevó a 1.440.000 personas”.2 Por ello, ante la crisis, se experimentó un terrible deterioro de las condiciones de vida del obrero, que trató de fundamentar un auge en la reproducción del capital, en base a salarios de miseria.
En enero de 1989, asume el presidente Carlos Andrés Pérez. CAP, como lo conocían, había tenido un gobierno con fuerte carácter populista, que gozó de ingresos colosales que desarrollaron el clientelismo de manera exponencial. Así, Pérez vino a “enfriar” la lucha de clases con un pequeño lanzallamas llamado Plan de Ajuste Macroeconómico Estructural.
El gobierno buscaba obtener préstamos por 4.500 millones de dólares en los siguientes tres años. Por lo tanto, Pérez intensificó los compromisos con el FMI anunciando, el 16 de febrero, la aplicación de un paquete macroeconómico.3 Vemos entre otros detalles del “ajuste”, que vendían como “momentáneamente” doloroso: la uniformidad en los tipos de cambio (es decir, una devaluación de un 150%), una inflación de un 80% con una reducción del déficit fiscal eliminando gastos “innecesarios” (como subsidios, gasto social y protección a jubilados). También proponía la liberalización de los precios y el aumento de los mismos en los servicios públicos; aumentos de la gasolina en un 110%, la electricidad en un 150%, el teléfono en un 40% y el acero en 100%; la entrada al GATT (antigua OMC); la eliminación de trabas a la entrada de mercancías y capitales al país y una reducción general de aranceles; la elevación general de los tipos de interés (se vieron tasas de hasta un 40%) y, por último, una política de privatizaciones. Este plan no trajo sino mayores miserias. Mientras la remuneración del trabajo era de 61,2% en 1960, de 50,4% en 1970, de 27% en 1980, a finales de los ´80 disminuyó hasta un 15%.4 El proceso de robo y enriquecimiento más rápido y salvaje en la historia del país.
La terrible insurrección, saqueos, cortes de rutas e incendios.
Las medidas tomadas a unos días de una victoriosa jornada electoral, donde el bipartidismo obtuvo cerca del 93% de los votos y en la cuál la izquierda fue comparsa, fueron exactamente lo contrario a lo prometido en la campaña. La izquierda marxista venía de grandes derrotas, sobre todo su fracaso estrepitoso en la lucha armada, iniciada en los años ‘60, que selló un divorció del comunismo con las masas y llevó a la muerte a más de 3 mil cuadros del Partido Comunista de Venezuela.
El 27 de febrero, en Caracas, los transportistas convocan al paro. La casi duplicación de la gasolina los empujaba a descargar el peso del aumento, con un “módico” incremento del pasaje inter e intraurbano. Como era de esperarse, el epicentro de las primeras protestas se dio en Guarenas y en los municipios del estado Miranda, que linda aproximadamente a una hora de la capital. Allí, la protesta se tornó muy violenta. Comenzó con la quema de cauchos y luego comenzaron a incinerarse los autobuses para cerrar las rutas.
Una fracción de la burguesía incitó la crisis por la vía de la suba de precios de los alimentos, los servicios, especulando y acaparando sus reservas de comida para forzar a las masas a una insurrección. Las capas medias aguantaron mejor la escasez, pero las zonas donde se concentra las barriadas más pobres reaccionaron lanzándose a la calle a buscar lo que le habían arrebatado. Por ello, en los barrios de Catia, 23 de Enero, El Valle, La Vega, Caricuao, Nuevo Circo y en zonas muy pobres de La Guaira, estallaron los saqueos. Buena parte de los trabajadores en situación precaria salieron a buscar alimentos, enseres y cualquier cosa que no pudieran comprar. No fue una mera sublevación, fue una insurrección contra el sistema social que arrojaba al pauperismo a grandes capas de la clase obrera e impedía su acceso a la mínima supervivencia. Las escenas de gente con un cuarto de res en la espalda, radios, secadores y harinas recorrieron el mundo y sellaron el fin de una época de una democracia tan represiva como cualquier dictadura.
La represión
El 28 de febrero, el Ministro del Interior declaró la suspensión de las garantías constitucionales, el Plan Ávila y en las siguientes 36 horas las Fuerzas Armada tomaron la ciudad, sembrando el pánico entre los manifestantes. La represión tuvo ribetes de insólita crueldad. El ejército y la policía tenían estrictas instrucciones de aplastar a sangre y fuego las protestas.
La ausencia de un partido y una preparación convirtió a las masas enardecidas en tiros al blanco para que la represión estatal diera muestras de todo su salvajismo. De hecho, no hubo gases lacrimógenos, ni ballenas, ni advertencias: policías y ejército usaron ametralladoras y todo tipo de arsenal bélico para asesinar a todos cuanto pudieron. El “toque de queda” fue la Noche de las Narices Frías en Venezuela. La orden que se cumplió cabalmente era el asesinato en masa de cualquier transeúnte en cualquier actitud.
Las ejecuciones y torturas de los organismos represivos se hicieron extensivas. La atomización de la protesta los hizo fáciles víctimas de la masacre. Las cifras indican 4 mil asesinatos, que para lo poco que duró el estallido, lo focalizado y estrictamente orientado a protestas de hambre, fue una cruenta demostración que cuando la burguesía pone orden, los crímenes más abominables le quedan cortos.
El 27 F fue una insurrección donde la clase obrera mostró una gran valentía. Marcó los límites que la economía venezolana le impuso a su burguesía para establecer una plena hegemonía sobre los trabajadores. Si bien fue un ejemplo en América, una chispa de ilusión revolucionaria, su condición apartidaria y la ausencia de una dirección política clara, muestran que la construcción del partido y la disciplina de una organización leninista rigurosa es aún la única estrategia (comprobada) de transformación social profunda, capaz de llevar a los oprimidos a la victoria definitiva sobre el capital. El movimientismo, el autonomismo y esa ristra de aventuras burguesas, son vías expeditas al fracaso.
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1Barrios Sonia: “Problemas urbanos y políticas urbanas en países exportadores de petróleo: el caso del área metropolitana de Caracas”, Caracas, Cendes, 1998.
2González, Silverio: La ciudad venezolana, una interpretación de su espacio y sentido en la convivencia nacional, Fundación para la cultura urbana, Caracas, 2005.
3Martínez, José Honorio: Causas e interpretaciones del Caracazo, Universidad Nacional Autónoma de México, México Publicación 15 Junio 2008.
4Ídem.
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