Martes, Septiembre 16, 2014
   
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¿Qué fueron los hacendados? Una respuesta a la reseña de Eugenio Gastiazoro al libro Hacendados en Armas

EL AROMO - El Aromo n° 54 - "El pueblo quiere mandar"

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Fabián Harari
Grupo de Investigación de la Revolución de Mayo-CEICS

Artículo publicado en El Aromo nº 54 "El pueblo quiere mandar"

Los compañeros del PCR han escrito. No sacaron el cuerpo y aceptaron el desafío. Eso, más allá de todo lo que vamos a decir, es bueno. Eugenio Gastiazoro, uno de sus principales dirigentes, escribió una extensa reseña sobre nuestro libro Hacendados en Armas, que aborda la Revolución de Mayo. Vale la pena destacar que la crítica no se publicó en una revista teórica o en un blog en Internet, sino en su periódico de difusión más amplia, el Hoy. Una demostración de que, para los compañeros, la cuestión sobre los orígenes de la Argentina no es una curiosidad de anticuario, ni un “divertimento intelectual” para unos pocos, sino un asunto que debe ser esclarecido de cara a las masas. Algo sobre lo que otras organizaciones deberían tomar nota.

Dicho esto, pasemos a la parte menos “amable”: el debate en cuestión. Eugenio Gastiazoro coincide en que la revolución fue un proceso conciente y que fue hegemonizado por los “hacendados”. En lo que no coincide es en el carácter social de los mismos. Por eso, la principal acusación que nos hace es que nuestro trabajo “embellece a los terratenientes”: vemos revolucionarios burgueses, cuando sólo serían una “aristocracia terrateniente” de carácter feudal. Por lo tanto, según Gastiazoro, no hubo revolución burguesa, como dice Hacendados en Armas, sino una “revolución anticolonial” y de “independencia nacional”. Luego, hay otras críticas menores, como que se omite el Plan de Operaciones o que el Cuerpo de Patricios no fue el partido de la revolución, sino un “brazo armado”. (1)
Primero, quisiera despejar ciertos equívocos. En ningún lugar afirmé que la revolución no tenía en mente “bajo ningún modo declarar la independencia”. Si se lee con detenimiento, estoy reseñando lo que dice Milcíades Peña (véase la página 38) y lo que anuncio que voy a criticar. Bueno, pasemos al debate...
Antes que nada, tenemos que encontrar el problema y desechar falsas antinomias. En realidad, no estamos debatiendo sobre el carácter de la revolución, sino si hubo una o no. Gastiazoro defiende la idea de que estamos frente a una “revolución anticolonial”, en la cual se reemplaza una clase feudal colonialista por una clase de terratenientes feudales criollos. La definición científica de “revolución” es una transformación de las relaciones sociales de producción, lo que implica que el Estado queda en manos de una clase distinta. Ahora bien, si anteriormente predominaba un sistema feudal y, luego de 1810, también, entonces no hay revolución, ni feudal ni burguesa. Si la clase dominante española era feudal y los hacendados criollos también, entonces, no son clases diferentes, a menos que, para el PCR, la nacionalidad sea un factor más determinante que el lugar en las relaciones sociales de producción, con lo cual, el proletariado argentino sería una clase distinta del boliviano o chileno. El concepto de “revolución anticolonial” es, por lo tanto, inoperante.
Una observación marginal: decir que embellecemos a los terratenientes resulta una crítica curiosa en boca de un partido que viene apoyando cada movilización de la Sociedad Rural... pero vamos al caso. Hay una serie de equívocos que tienen que ver con una lectura algo superficial del texto. Por ejemplo, se señala que yo digo que lo determinante de las relaciones capitalistas no es la explotación de fuerza de trabajo, sino “la explotación de trabajo ajeno”, una definición sumamente vaga. Sin embargo, si se lee detenidamente, puede encontrarse que el argumento es otro y es muy específico. En la página 86 se explica:

“Los productores directos que se encuentran en los expedientes analizados reciben un salario. La ocasional compulsión no está destinada a asegurar la entrega de una renta en trabajo (corveé), sino a obligar al peón a entrar en relaciones asalariadas. Su trabajo gratuito es entregado en una relación de intercambio de equivalentes. La entrega de plusvalor y la propia reproducción se produce en el mismo proceso de producción y no como instancias separadas. Lo que parece confundirse allí es la compulsión extraeconómica como forma de generación del excedente con la que intenta crear relaciones asalariadas. Con esto no se pretende negar que la primera haya tenido alguna existencia bajo diversas formas, lo que se afirma es que la segunda parece contar con mayores evidencias documentales y una visibilidad superior.”(2)

La cita de “explotación de trabajo ajeno” es extraída de la última oración de la página 87. Pero, otra vez, si hubiera continuado la lectura con algo más de atención, habría visto que ahí nomás, en el párrafo siguiente, se especifica que

“Estas relaciones de explotación no parecen tener características feudales debido a la inexistencia de una nobleza y de un campesinado. Si bien podría aceptarse la existencia de relaciones de producción coactivas, como la esclavitud o ciertas formas de coacción a algunos peones. En general, predominan relaciones asalariadas donde el peón, el agregado o el arrendatario tienen la posibilidad de abandonar las tareas y la compulsión a entrar en relaciones de explotación tendría un componente más económico.”(3)

Otra acusación plantea que se afirma en el libro que las relaciones esclavistas toman formas capitalistas. En ningún lugar del texto se sostiene semejante barbaridad. La cita anterior es bastante clara al respecto: una cosa son las relaciones capitalistas y otra las esclavistas. Más aún, se reconoce que pueden existir relaciones feudales. Aunque no se haya logrado probar aún que existan relaciones de coacción en forma sistemática, es algo que no doy por descartado.
El problema es cómo se aborda la cuestión de la existencia o no de un sujeto revolucionario. Para poder identificar una burguesía, Gastiazoro exige la existencia de relaciones capitalistas ya formadas. Pero si ya existe el capitalismo en plenitud (clase obrera ya conformada), no hace falta ninguna revolución. Si no hay ningún desarrollo de esas relaciones, entonces no hay contradicciones de clase. Gastiazoro trabaja con un pensamiento abstracto que no le permite comprender el movimiento de lo real: si no hay burguesía, la transformación no puede ser burguesa. Si la hay, entonces ésta resulta superflua. En este esquema, la revolución burguesa es imposible: aquí, en Europa o en cualquier lado.
La existencia de relaciones asalariadas no es un invento mío, es algo que señala un estudioso y agudo observador de la campaña como Hipólito Vieytes. Él se refería a los peones como “manos mercenarias que deben emplearse en su socorro [...] Los que no teniendo otra propiedad alguna que la del trabajo de sus brazos, se hallan precisados a venderlo para ocurrir al socorro de sus necesidades”.(4) La cita está en el libro que Gastiazoro reseña y se trata de toda una definición de clase obrera. Obviamente, hay que ser prudentes en este punto. En realidad, lo que Vieytes está viendo son relaciones que se están formando, que se están desarrollando, pero cuyo embrión ya está presente. Y no se puede acusarlo de usar un anacronismo ni de querer encajar la realidad en un molde: Vieytes nunca leyó a Marx.
Eso que señala Vieytes aparece en las contabilidades de las estancias que se conservaron: Las Vacas, Los Portugueses y la de López Osornio. En todas se le paga a los peones en dinero. En todas, los peones se van cuando quieren y si no quieren no vuelven. Los agregados (inquilinos precarios bajo las modalidades más diversas) se van sin avisar. Para el hacendado, lo más efectivo en temporada alta es pagarle entre seis y ocho pesos a un peón. Es difícil configurar relaciones feudales allí donde no se puede sujetar al trabajador. En la Europa feudal, un caballo es un lujo y los caminos, una incógnita que se llena con espantosas supersticiones. Aquí, el paisano toma su caballo, su cuchillo y se va. Siempre habrá un patrón necesitado de mano de obra.
Ahora bien, ¿qué vínculo guardan estas relaciones capitalistas con las esclavistas? El trabajo en las estancias se conforma bajo diferentes relaciones: asalariadas, esclavistas y hasta algunas de tipo coactivas. Las primeras, generalmente estacionales. Las otras dos, generalmente permanentes. Sin embargo, en sentido estricto, en el campo se trabaja en la siembra y la cosecha, (en la agricultura) y en la yerra y castración (en la ganadería). Es decir, en las tareas estacionales. Ni bien se descartan los meses improductivos, la importancia del trabajo asalariado salta a la vista.
Por lo tanto, los hacendados no son “aristocracia”. ¿Son “terratenientes”? Como clase, todavía no. Si bien una parte de ellos son propietarios de la tierra (aunque no siempre de toda la que usan), la mayoría de la tierra productiva no es propiedad privada. Un tercio es propiedad del rey (realenga) y otro tercio es propiedad de la Iglesia. Por lo tanto, la mayor parte de los hacendados son ocupantes o arrendatarios. De hecho, la estancia más importante del período, Las Vacas, es propiedad de la Hermandad de la Caridad. El padre de Manuel Belgrano, Domingo Belgrano, la explotó como arrendatario, lo que no le impidió amasar una fortuna.

Hacia las alturas...

Pasemos de la economía a la política. Gastiazoro dice que el programa que se analiza en el capítulo V (los periódicos), son “fisiocráticos” y “absorbibles” por la corona. En primer lugar, Marx correctamente señala que la fisiocracia es la ideología propia de la burguesía agraria: “El sistema fisiocrático cobra, en ellos [se refiere a los intelectuales burgueses], la fisonomía de la nueva sociedad capitalista que viene a instaurarse en dentro del marco de la sociedad feudal. Corresponde pues, a la sociedad burguesa en la época en que ésta nace del sistema feudal.”(5) En segundo, lo que exigen es que se libere el comercio, se derogue el tráfico de esclavos, se privaticen las propiedades realengas y las eclesiásticas, que se expropie a los pequeños productores para aumentar el número de peones sobre el de los propietarios, que se le quiten los privilegios a los comerciantes y que se destierre la educación escolástica. Si eran “absorbibles”, vale preguntarse por qué no se hizo nada de esto. Más aún: habría que explicar por qué quienes escribieron esto terminaron haciendo una revolución.
Para Gastiazoro, el libro sobredimensiona el papel del Cuerpo de Patricios, que sólo habría sido “el brazo armado” del partido revolucionario. En el capítulo IV del libro hay todo un corpus documental relatando, hecho por hecho, por qué afirmamos esto. Lo que debería hacer el compañero es desmentir cada uno de ellos. El cuerpo juega un rol protagónico en todas las acciones que llevan a la revolución y es el que dirige la insurrección. Otros tuvieron una posición más oscilante. Moreno, por ejemplo, vacila el 1 de enero de 1809, cuando apoya a Álzaga. Es Saavedra el que dictamina en julio de 1809, “esperemos que las brevas maduren” y, en mayo de 1810 “no podemos esperar un momento más”. Saavedra es la expresión de una organización armada de 1.200 hombres. Sostener que Patricios es un simple “brazo armado” no puede explicar la efervescencia política que se vivía en las milicias y los enfrentamientos que se vivieron en el interior del cuerpo que estudiamos.
En la crítica, se me acusa de ocultar el Plan de Operaciones. El Plan lo trabajamos en el libro La Contra, editado ya hace cuatro años. Hicimos, en aquel momento, un análisis del texto y una reivindicación de su autenticidad. Con todo, ese formidable texto político no es un programa en el sentido más duro. Es un escrito de estrategia con elementos tácticos. Traza un plan de guerra, pero no se dedica específicamente a las tareas históricas de una clase.
Gastiazoro señala que nuestra afirmación de una revolución victoriosa se sostiene en un “supuesto” desarrollo de las fuerzas productivas. Pues bien, ese desarrollo no es supuesto, es real. Los cuadros están a la vista (véase el artículo “Bicentenario Rojo”, en este mismo número de El Aromo). Hay que pelearse con la realidad no con su mensajero. Por ahora, ésta muestra que las tareas que Gastiazoro cree necesarias, ya fueron hechas.
En definitiva, bienvenida sea la crítica y bienvenido el debate. Esperamos que no quede aquí y pueda extenderse con la salida de nuestro próximo libro, escrito por el compañero Mariano Schlez, Dios, Rey y Monopolio.

NOTAS

1 Véase Gastiazoro, Eugenio: “Un libro que embellece a los terratenientes argentinos”, en Hoy, nº 1296, 9 de diciembre de 2010, p. 14.
2 Harari, Fabián: Hacendados en armas. El Cuerpo de Patricios, de las Invasiones Inglesas a la Revolución (1806-1810), Ediciones ryr, Buenos Aires, 2009, p. 86.
3 Idem, p. 87.
4 Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, cit. en Harari, op. cit, p. 293-294.
5 Marx, Karl: Historia crítica de la teoría de la plusvalía, Ediciones Brumario, Buenos Aires, 1974, t. I, p. 30.

Comentarios
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Analía Sotello  - De Córdoba   |2010-05-16 19:23:20
Hola, soy docente y este artículo es realmente útil porque acá vemos que la
izquierda no es todo lo mismo y que hay debates muy interesantes, sobre la
historia argentina. Y no son unos brutos qeu dicen todos lo mismo y no saben
decir otra cosa que "Fuera Kirchner".
maria  - aprender   |2012-03-10 12:02:13
no es la respuesta a lo que estoy buscando!!! =/
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